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Se viene el efecto ‘marihuana electoral’ 16 agosto, 2021


Se viene el efecto ‘marihuana electoral’
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Por Ignacio Zuleta

 

Efecto marihuana, Juan Grabois vs. Máximo Kirchner y presión opositora a Alberto Fernández

 

Arriesga Alberto al provocar a la Iglesia

 

Alberto Fernández ha incurrido en el traspié más grave que pueda afectar al oficialismo en la campaña. No es el minué cumpleañero de Olivos sino haber anunciado, a pocos días de las PASO, que estudia un proyecto de despenalización del uso de la marihuana. Ese aviso, dirigido a complacer al electorado de la burguesía urbana que ya lo repudia -electoralmente- es un ataque al sector de la Iglesia que más apoya al Gobierno.

El anuncio motivó una reacción del Episcopado, a través del emblemático Cura Pepe -encargado de la pastoral que atiende el drama de las adicciones-. También, un dardo del referente más importante del Papa Francisco por estas tierras, el jefe de la CTEP Juan Grabois.La trama de la foto de Olivos es una herida leve pero que no le hace perder un solo voto al oficialismo.

Sólo le agrega desprestigio en el electorado de la burguesía urbana que lo rechaza en las encuestas y que le votó en contra en 2019 en cinco de los siete distritos con mayor cantidad de votos (Córdoba, Santa Fe, CABA, Mendoza, Entre Ríos, donde ganó la formula Macri-Pichetto).Esa trama de Olivos es una metida de pata que revela la doble moral del Presidente, del Gobierno, de los políticos y del género humano. Toda moral es doble, incluso ésta, dirá un escéptico. El maestro Felipe González ha dictaminado que lo importante no es meter la pata, sino poder sacarla rápido.

 

Las lecciones olvidadas: Aníbal 2015

 

 

Aventurarse en la despenalización de drogas figura entre las hipótesis explicativas de la derrota de Aníbal Fernández en las elecciones a gobernador de Buenos Aires en 2015, que arrastró al peronismo al final de su ciclo abierto en 2001, con cuatro mandatos presidenciales al hilo.

La Iglesia tiene al juego y a la droga como enemigos principales y vigila con severidad las políticas de los gobiernos hacia esas actividades. El drama de las adicciones en los jóvenes, el efecto en la tasa de mortalidad y suicidio por las drogas, y las consecuencias del juego en los más pobres están en el tope de sus inquietudes.

Esta percepción movió al gobierno de Cambiemos a desactivar el compromiso del Estado con el juego, que tuvo hasta 2015. Desmanteló acuerdos, cerró salas de juego, anuló privilegios a una generación de empresarios en todo el país. El agente de estos emprendimientos fue el abogado Fabián Rodríguez Simón, hoy refugiado en el Uruguay.

Estas hipótesis sobre la derrota de 2015 se basan en diálogos del obispo de Buenos Aires con dirigentes del peronismo para señalarles su desagrado por las actitudes de Aníbal. El hombre más cercano a Bergoglio en la Argentina, entonces rector de la UCA y hoy arzobispo de La Plata, Víctor Fernández, invitó a Daniel Scioli a visitar su despacho en la sede de Puerto Madero.

«Tucho» le diría: «Este es Aníbal Fernández», y le mostró una carpeta vaya a saber con qué contenido. Ante la respuesta del candidato de que ninguna acusación era cierta, «Tucho» le respondería: «Tenía que decírselo, pero sepan que no vamos a ser indiferentes». Scioli contó luego que fue a informarle a Aníbal. Nadie ha probado la leyenda de cadenas de oración o misas en sacristía anti-Aníbal, pero tampoco se la ha desmentido. La patraña de la morsa funcionó, sin prueba alguna, en aquella elección.

 

 

Izquierdismo no binario

 

 

¿Era necesario este anuncio, que ya el gobierno de Cristina había dejado en suspenso? Buscó seguramente halagar al electorado urbano en donde menos prestigio tiene. «En estos temas me considero una persona muy liberal y cada uno tiene derecho a hacer con su vida lo que quiera», alardeó Alberto.

Creerá que reprimir la marihuana es de derechas y que él debe diferenciarse desde su geometría no euclidiana –de izquierda no es-. Desconoció el compromiso que tiene la iglesia bergoglista con su propio gobierno. El símbolo es la ley de impuestos a los recontra ricos, que destina un 25% de lo recaudado a cumplir el Plan de Villas, que aprobó el Congreso por otro acuerdo entre la Iglesia, esta vez con el gobierno de Cambiemos.

Aquel proyecto fue presentado por Mario Negri, Elisa Carrió y Nicolás Massot y tuvo una mayoría abrumadora de las dos cámaras, que actuaron alentadas por el respaldo que le dio el papa Francisco a aquellos acuerdos, que conversaban Juan Grabois con «Pepín», Mario Quintana y Carolina Stanley, que ahora enojan a Máximo Kirchner.

 

 

Grabois: que legalice a los vendedores ambulantes

 

 

Grabois lo sigue al Cura Pepe en rechazo de esa despenalización, que dinamita puentes ya frágiles entre el oficialismo y las organizaciones sociales del tridente cayetano. «¿Por qué no se plantean legalizar la venta ambulante?», me dice Grabois, sin dejar de reivindicar su compromiso con el Gobierno. Hiriente, dispara: «‘La dieta probada del olvido: PlayStation, TV y marihuana’ dice Mark Fisher en su libro Realismo Capitalista… Cambiá TV por Netflix y estamos», cierra.

Prudente, Grabois encuadra estas disidencias en debates que cree útiles, como el que libra con Maxi Kirchner y otros voceros oficiales que lo fustigan: «Hay un debate filosófico muy interesante, aunque a veces adopte la forma de rencillas personales; hay quienes desprecian la comunidad organizada y los movimientos populares, y hay quienes pensamos que es el único camino certero al cambio estructural.»

 

 

El liberalismo es pecado

 

 

Herir a este sector de la Iglesia es tomar distancia de una demografía social que se referencia de manera transversal con el Papa Francisco, y que el Gobierno ya rozó con el proyecto de despenalización del aborto. La sanción del Congreso irritó a la Iglesia y al Papa, que redobló su enojo cuando se enteró de que el Presidente repite que él habla mucho con él y que le atribuye haber dicho «demos vuelta la página».

El Vaticano no da vueltas de página, las archiva y no olvida, aunque perdone. En tiempos de campaña es más útil la mordaza que el barbijo. Olivos puede ser inocuo electoralmente, pero queda por probar el efecto de una reacción de esa demografía francisquista, fuerte en todos los distritos, si se recrean aquellas legendarias cadenas de oración. Pueden o no dañar, pero ayudar no ayudan.

El mensaje de «liberalismo» personal encanta al electorado urbano, pero allí Juntos por el Cambio ya tiene asegurado el triunfo, como en la CABA. Alberto, que es un librepensador, no recordó que para la Iglesia de Roma «el liberalismo es pecado». Fue tema de Mirari Vos, encíclica de Gregorio XVI en 1832. Es también el título de un libro que ha sido la base formativa de religiosos y jesuitas desde finales del siglo XIX. Lo escribió Félix Sardá y Salvany en 1884 y se reedita desde entonces. Es una de las biblias del integrismo y provoca las furias de los economistas ortodoxos de todo el mundo.

 

 

Arrinconados por la oposición

 

 

El pedido de juicio político de los opositores Mario Negri y Cristian Ritondo animó la campaña por unos votos que ya están distribuidos de antemano. Es una jugada florida -como llamaban los aztecas a sus guerras simbólicas para juntar víctimas propiciatorias de sus sacrificios humanos- que arrincona al oficialismo como lo hizo en su momento el proyecto de Ley Pfizer, que arrastró a Alberto a firmar un DNU.

En aquel momento era para permitir la vacunación de los 100.000 menores que necesitaban inmunización. La oposición arrastró al peronismo a sesionar, y al oficialismo sólo le quedó el expediente de que el Presidente firmara la cláusula de negligencia en un decreto. Prefirió que hubiera, para reproches futuros, un Decreto Pfizer firmado por Alberto, que una Ley Pfizer avalada por Massa y Cristina. Así de canalla es la política.

 

Victimizaciones a la carta

 

 

En este round, Olivos hace trascender que en el entorno presidencial la foto del cumpleaños obedece a una trama personal de funcionarios, que ha herido a Alberto bajo la línea de flotación. Filtran desde allí que pudo haber un episodio tipo 125, con amenaza de portazo. En aquel momento quedó probado por testimonios del hoy presidente. Ahora eso es improbable, y puede responder a una táctica de victimización que divide a la oposición.

Hay dirigentes que sostienen que un juicio político puede hacer caer al Presidente y que vendría Cristina. Negri, gerente de este pedido de juicio, responde con ironía: «¿Acaso ahora vamos a tener que preguntarle a Alberto hasta dónde lo podemos criticar con tal de que no se vaya del cargo?».

Victimizarse es una táctica usual en política. La puede aprovechar hasta un Macri si le siguen el empapelamiento por la mudanza ente Acassuso y Los Abrojos en plena cuarentena. Su entorno dice que tiene los mails en orden. Pero no niegan que le vendría fantástico que lo convirtieran en un perseguido político, mientras el propio Presidente ha confesado haber cometido un delito por el cual hay más de 14 mil argentinos expedientados ante la Justicia…

 

 

Otros atajos del perdón

 

 

Le quedan a Alberto otros atajos del perdón. Uno es, admitido el delito, autodenunciarse y pagar una multa. Es lo que hizo Sebastián Piñera cuando lo fotografiaron sin barbijo en la playa de Cachagua en diciembre pasado. Pagó una multa de USD 3.000 (tres mil dólares), menos de lo que le están reclamando a la cocinera Maru, que es Botana. Otro es dictar un decreto de amnistía contra todos los encausados, con el argumento de la mejor economía procesal (se usa cada cuatro años para disculpar a quienes no cumplen con el sufragio obligatorio).

Sería un expediente liberal en serio, porque desnuda el fondo del problema, que es cómo los gobiernos deben afrontar normas como las sanitarias o las de la protesta social. El peronismo es un partido autoritario y castrense, creado por un militar desde un gobierno de facto. Lo peor que le pudo ocurrir es esta emergencia de la peste, porque reaccionó igual que las administraciones autoritarias de todo el mundo, como China, Polonia, Rusia. Por la dura.

 

El error de reprimir

 

 

El “enforcement” de las medidas sanitarias nunca debe pasar a lo penal. Deben ser sugerencias. El público las cumple si puede y quiere, porque se sugieren en su beneficio. En donde hubo mano dura, hubo violencia, como en Estados Unidos, que se quebró con la muerte de George Floyd (mayo de 2020, Minneapolis). Esa fractura hizo estallar una paz ya resentida por la peste, encadenó actos de violencia que no resultan forzados de relacionar con la caída final del gobierno de Donald Trump, que a comienzos del año pasado parecía tener la reelección asegurada. Hoy está en la casa, esperando el patrullero.

Un país como la Argentina, que arrastra el pasado atroz de la represión clandestina y los desaparecidos, no puede aplicar un enforcement criminal a quienes no aceptan normas sanitarias. Criminalizar la peste es como criminalizar la protesta, una torpeza que ya le costó el gobierno a Eduardo Duhalde, víctima del crimen de Kosteki y Santillán, a quienes se les reprimió un corte de tránsito con escopetas. Falta de memoria, porque en los ’90, con Carlos Corach y Alberto Iribarne en el Ministerio del Interior, Norma Pla era contenida en las puertas del Congreso por mujeres policía de la Federal, sin armas. Debieron aprender.

 

Metáforas resbaladizas y las mancias neurológicas

 

 

Hay cosas, decía Angeloz, que no se aprenden después de cierta edad. Una es a hacer política; la otra, ya sabés cuál. Entre los básicos del oficio figura casi como una ley: no te pelees con Carrió, a menos que quieras revolcarte en el polvo. Otra: no te pelees con quien te da de comer, entre ellos Larreta-Santilli. Tres: hacer política no es ir a los panzazos por los canales de TV hablando de todo, y menos prometiendo que vas a reformar la agenda política de la Argentina.

Hacer política no es pelearse ni ganar enemigos; es saber a quién representás -no tanto qué representás- y tener capacidad de acuerdo. En suma, vender futuro, no humo, que ya hay bastante. De paso, no conviene que un candidato del radicalismo como Manes exponga su prestigio profesional y hable de “la sociedad enferma”, a la que viene a curar.

Francisco Delich, una leyenda del alfonsinismo dio por tierra con esas fantasías retóricas en el recordado artículo “La metáfora de la sociedad enferma” [1983], lectura obligada de los años de la transición. Atribuye el uso de las metáforas sobre “la enfermedad” al autoritarismo que propone cirujanos de hierro, operar sin anestesia y cortes por lo sano.

¿Es la peste una guerra? Delich remata su estudio así: “La guerra no pone en evidencia una sociedad enferma, sino un Estado carente de dirección histórica, errático, en las manos privadas de un príncipe enajenado”. Menos mal que Manes es neurólogo no intrusivo. “Yo conozco la mente humana y lo puedo controlar”.

 

*NotiAr


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