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Última actualización: 26/06/2026 19:45:52

OPINIÓN| Comodoro Rivadavia, el bastión peronista que cruje por dentro

OPINIÓN| Comodoro Rivadavia, el bastión peronista que cruje por dentro

El peronismo gobierna la ciudad hace más de veinte años. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, el riesgo no viene de afuera: viene de adentro. Y lo que pase en Comodoro va a ordenar toda la provincia rumbo a 2027.

Por Pablo Das Neves*

Hay una teoría que conviene tener presente para entender Chubut: a veces la tracción electoral es de abajo hacia arriba. Lo decía el viejo dirigente justicialista valletano Kuky Mackharty: si se generan candidatos municipales fuertes, “cualquier gil puede ir de gobernador”, porque el arrastre sube desde las ciudades. Esta teoría de las “ciudades estado” explica por qué Comodoro fue siempre demasiado localista para mirar la provincia: lo importante era conservar la municipalidad, no adherir a proyectos provinciales.

El problema es que la ciudad que sostenía esa lógica cambió de fisonomía.

El círculo rojo comodorense ya no es el que era. Cuando YPF pesaba, Comodoro era una suerte de ciudad prácticamente autónoma, con intereses propios gestionados localmente. Hoy YPF se fue detrás de los cantos de sirena de Vaca Muerta; PAE es una mujer atractiva de 40 años, pero ya no es la niña bonita; y Pecom entró con una ingeniería de costos que obligó a muchas empresas de servicios a acomodar agresivamente sus números. La industria petrolera se achicó —más de 6.000 empleos menos según estimaciones conservadoras— y la reconversión no llega. El círculo rojo pasó del modo influencia al modo supervivencia. El bastión político sigue en pie, pero la economía que lo alimentaba se está vaciando por debajo.

Y en el centro de ese bastión hay una grieta que ya dejó de ser secreta. El 3 de marzo, en la apertura de sesiones, el intendente Othar Macharashvili hizo algo inusual: denunció en público el “fuego amigo”, los boicots y las operaciones de desgaste que —dijo— vienen de quienes deberían ser el sustento natural de su gestión. Lo que durante meses se susurraba en los pasillos, Othar lo puso en el atril. El peronismo comodorense está incómodo con su propio intendente.

Othar es una rara avis en este ecosistema. Tiene buena relación con el gobernador Torres aunque la disimula para preservar margen y no chocar con el resto del peronismo comodorense, que se sabe localmente poderoso. Su gestión es regular, lo cual inquieta a un peronismo que empieza a ver, por primera vez en dos décadas, la posibilidad real de un cambio de signo. La vieja receta —el intendente que prepara a su vice para sucederlo— parece encontrar su límite en esta etapa. Para buena parte del peronismo, Othar es una piedra en el zapato. Pero hay que reconocer que su estilo le da resultados, aunque sea ajeno a las prácticas tradicionales: no grita, no insulta, no amenaza, no puebla las calles en demostración de fuerza. Usa los silencios y los tiempos para no entrar en batallas que rinden poco. Quizás sea la estrategia más acorde a estos tiempos. Aunque hay quienes creen que no es cálculo, sino carácter.

El temor de fondo es concreto: hay quienes creen que la gestión municipal es tan floja que el peronismo podría llegar a perder la conducción de la ciudad por primera vez en más de veinte años. Y en toda estructura grande, esos cambios bruscos generan miedo, porque suelen destapar lo que estuvo mucho tiempo bajo la alfombra. Por eso, por lo bajo, varios empiezan a sostener que lo mejor es que Juan Pablo Luque vaya por la ciudad para asegurar el bastión, y no se arriesgue por la provincia: sería el mejor candidato para retener Comodoro. Es la conclusión lógica de la teoría de las ciudades estado: primero el territorio, después la provincia.

Alrededor de ese eje, el resto del tablero se acomoda.

Ana Clara Romero fue siempre “la próxima intendente de Comodoro”, una promesa que no terminó de materializarse nunca. Su relación con Nacho Torres no está rota, a lo sumo fría. Después de la última derrota eligió resguardarse y, en cierta forma, mostrar su enojo a través de sus silencios. Para entender esto conviene seguir a la concejal Luciana Ferreira, una dirigente del PRO interesante: sin ser de las jóvenes promesas, ya tiene proyección de mediano plazo como cuadro técnico sólido —con pocos votos propios, aunque en política nadie es realmente dueño de estos. El matrimonio político de Nacho y Ana Clara es, para la gente que la rodea a ella, una sociedad de rendimientos asimétricos: cerca de la comodorense sostienen que Nacho se benefició siempre más del acuerdo. Por lo bajo todavía mascullan bronca por la alianza con el Loma Ávila en 2023, que —según sus cuentas— le sumó a Nacho votos en la ciudad más difícil, pero le restó a ella. Esa factura la tienen pendiente de cobro, y explica buena parte de su actual retiro estratégico.

El Loma Ávila es, probablemente, uno de los dirigentes que mejor se mueve en toda la provincia. A veces peronista, a veces del PRO, siempre sindicalista. Puede exhibir el álbum de fotos más grande de Chubut: Alberto Fernández, Néstor, Cristina, Macri, Caputo, fotos con todos. En su reciente reasunción como secretario general del gremio se hizo presente todo el arco político provincial. Hoy diputado nacional, hay quienes recuerdan con sorna que armó su propio partido y sacó menos votos que afiliados tiene su gremio —lo cual, más que debilitarlo, refuerza la idea de que sabe exactamente dónde están las fuentes de poder y cómo administrarlas.

José Glinsky parece ser el enemigo elegido de Nacho Torres en Comodoro. Hay quienes leen ahí una jugada del gobernador para levantar un rival débil, en contraste con otras alternativas más temibles del peronismo. Lo llaman, con malicia, “el Bowen comodorense”. Glinsky lo sabe, rie, y no le molesta: a él le sirve. Su interés pasa por ser articulador de la política peronista local, y en ese rol se siente cómodo —sin necesidad de cargo a la vista, con perfil de superestructura, sin base militante que le demande, y con alianzas provinciales que lo sostienen. Es probable que su verdadero valor esté ahí, mientras no se distraiga.

Gustavo Menna siempre tuvo potencial para gobernar la ciudad. Su dificultad es que construyó esa imagen desde la oposición, y siempre es más fácil oponerse que gestionar. Su lugar como vicegobernador tampoco le funciona como vidriera, y hoy carga dos frentes pesados: está distanciado de quien fue históricamente su socio y mano derecha, y a la vez quedó en la mira de un grupo que opera a nivel provincial con fakes y prensa armada. Menna debería resolver estos temas con urgencia para que su futuro se aclare.

César Treffinger no puede faltar en este análisis por ser comodorense, aunque es una figura más provincial que local. Su liderazgo, influencia y futuro está atada a la suerte de Milei: para entender qué pasa con el espacio de Treffinger, hay que seguir el derrotero del Presidente.

Arcioni entra en este análisis por dos motivos: es ex gobernador y manifestó interés en ser intendente de Comodoro. Sin eso, no merecería estas líneas: el conjunto de la dirigencia no lo tiene en cuenta ni le despierta el menor interés. Encima perdió peso en el Frente Renovador nacional, donde ya miran a otra comodorense como sucesora natural del espacio: Vanesa Abril, la diputada de la que se habla poco pero se maneja con criterio, y que figura entre los contactos frecuentes de Sebastián Galmarini, cuñado de Massa y coordinador nacional del FR. Si Abril se animara a un perfil más popular, su nombre podría aparecer en la cabeza de una lista.

Y después está el Tano Di Pierro, que —como el sol— aunque no lo veamos, siempre está. El histórico dirigente hoy reside en Buenos Aires, donde preside el club Chacarita, en el siempre apetecible ámbito del fútbol. Su influencia es un misterio: se sabe que habla con todos, pero no si trabaja politicamente soterradamente para Nacho, para Othar, para Luque, para algún empresario o —más probablemente— para todos y nadie a la vez. Que haya sido intendente de Comodoro mientras vivía en CABA, y que a pocos meses de dejar el municipio haya sido ungido presidente de un club histórico de fútbol porteño —con la red de poder que eso abre—, dice todo sobre cuánto entiende de poder. Nadie sabe qué está haciendo, pero todos saben que algo está haciendo. Él solo responde con su inconfundible tono de siempre, haciéndose el desentendido. Nadie administra mejor su propia leyenda.

El caso del senador Linares es distinto. Su interés es permanecer en la senaduría, pero perdió peso territorial y su paso por el municipio dejó demasiados heridos. Hoy empieza a ser visto con desconfianza por sectores peronistas diversos sin lograr anclaje en ninguno. Si bien al entrar a su despacho uno se choca con fotos de Néstor y Cristina a nivel de unidad básica, su voto en disonancia con el kirchnerismo —aprobando el pliego del juez Mahiques— rompió confianzas. Algunos sostienen, con malicia, que ese voto le habría sido pedido por otro dirigente político y un empresario poderoso, ambos comodorenses, que buscan mejorar su posición relativa frente al círculo rojo nacional, con la promesa de sostenerlo en la banca. Si fue así, el costo parece haber sido demasiado alto. Por lo pronto, Linares llama seguido a La Plata para que Kicillof lo tenga en cuenta como armador oficial de Chubut. Pero cerca del gobernador bonaerense se desentienden: “todos valen uno”, define un reconocido operador político bonaerense, hoy en las filas de Kicillof, cuando le preguntan quién es el hombre del gobernador en la provincia.

Hay, además, algo que sobrevuela y alimenta buena parte de estas internas: un grupo transversal a varios partidos, referenciados en un espacio, que en el último tiempo adoptó cierta autonomía funcional y una posición más audaz, empujando operaciones de prensa —algunas fake, otras no tanto— contra dirigentes de distinto signo, incluso de distintos poderes. Hay quienes creen tener certezas y pruebas sobre su origen, sus operaciones, y afilan el cuchillo. Conviene una advertencia: la historia chubutense enseña que juntar enemigos no es gratis, y que si algo caracteriza al círculo rojo de esta provincia es el rencor y la pasión por el vuelto.

Y ahí está, quizás, la síntesis de todo. Comodoro sigue siendo la pieza que define el tablero provincial —la ciudad que más pesa, la que ordena de abajo hacia arriba. Pero es una pieza que cruje. El peronismo conserva el bastión, sí, pero por primera vez en veinte años el peligro no viene del adversario: viene de su propia interna, de un intendente que gobierna a su manera y de un círculo rojo que ya no tiene el petróleo para disciplinar a nadie, ni dentro ni fuera. Comodoro siempre miró para adentro. El problema es que, esta vez, adentro es donde está el incendio.

*Abogado, licenciado en finanzas, analista político-económico.