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La intervención 15 septiembre, 2021


La intervención
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La caída electoral instaló en la coalición peronista el debate sobre cómo y cuándo intervenir el gobierno de Alberto. Una probabilidad que el autor publicó en su columna desde LPO dos días antes del gran colapso oficialista.

Por Ignacio Fidanza

El Presidente asumió el costo de la derrota entregando su reelección. En cualquier otra situación sería un sacrificio mayor, pero no alcanzó. Un dato de la realidad que expone la naturaleza muy particular del animal que hoy gobierna la Argentina. El Frente de Todos es una coalición peronista integrada por socios mayoritarios -Cristina, los gobernadores, intendentes del Conurbano y Massa- que tienen una base política y territorial propia de la que carece el Presidente.

«Los que perdemos somos nosotros, Alberto no pierde nada y cuando se vaya le queda su busto en la Casa Rosada», grafica un dirigente kirchnerista. Un retrato de la paradoja que vive el oficialismo: el Presidente es tan débil en términos políticos, que ese «no tiene nada para perder» lo ubica en un terreno de desaprensión propia de quien ya ganó todo lo que tenía para ganar.

Entonces se plantea la idea de la intervención. Que por ahora, en medio de una confusión importante, se piensa en dos fases: Una política inmediata con la renuncia de Santiago Cafiero a la jefatura de Gabinete y una segunda fase con la salida de Martín Guzmán del control de la Economía, luego de que cierre el acuerdo con el FMI.

Cafiero dijo que no habrá cambios de gabinete, pero crece la presión para que lo reemplace Massa

Una traducción al organigrama del Gobierno de las razones simples que se atribuyen a la derrota: La foto de Olivos más la crisis económica. Cafiero fue el jefe de campaña y es el jefe de una administración, que en la propia coalición de gobierno es vista como dispersa y poco eficaz. Por eso, se pide su salida.

El problema de la economía es evidente, falta de rumbo claro y ausencia de un plan de estabilización que ponga un freno a la continúa pérdida de poder adquisitivo de la población. Es decir, un freno a la pobreza.

Esta situación encuentra al Gobierno en una confusión importante. Cafiero negó su salida y un cambio importante de gabinete, se supone que alentando por Alberto. Y esto lleva a preguntarse porque este Presidente, con las características delimitadas de su poder real, buscaría exacerbar una confrontación interna en su momento de mayor debilidad. Un reflejó que Cristina ya detectó, cuando en medio del escándalo de la foto de Olivos lanzó su reelección.

¿Es probable que ir a fondo con iniciativas como la expropiación de Vicentín o el cepo a las exportaciones de carne regresen al Frente de Todos el voto de la clase media? ¿No será al revés, que en esas medidas insinuadas o concretadas fue que se lo perdió? ¿Es la moderación de Alberto un problema o el problema es que se desdibujó esa moderación?

Ahora, la confusión no es un monopolio de la Casa Rosada. Porque cuando se indaga sobre la corrección posible, surge la idea de la radicalización como una salida que enderece el Gobierno y recupere votos, en un remix tardío de la estrategia que trazó Nestor Kirchner luego de su derrota ante De Narváez.

Sin embargo, esa idea debería sortear una serie de interrogantes. ¿Es probable que ir a fondo con iniciativas como la expropiación de Vicentín o el cepo a las exportaciones de carne, regresen al Frente de Todos el voto de la clase media? ¿No será al revés, que en esas medidas insinuadas o concretadas fue que se lo perdió? ¿Es la moderación de Alberto un problema o el problema es que se desdibujó esa moderación?

La gran elección de Schiaretti, la irrupción de Milei, incluso el surgimiento de Manes y el triunfo de Frigerio, acaso sugieren que hay una Argentina que valora la posibilidad de un país capitalista y pro mercado, de base agropecuaria. Crecer a partir del campo, no en contra.

Pero desde la política, la critica a la tibieza del albertismo tal vez contenga cierto sentido. «Nadie vota fotocopias», es la simplificación que resume el desafío fundamental que enfrenta la coalición peronista.

La promesa implícita del 2019 fue la creación de un instrumento político superador, de centro, que dejaba atrás los antagonismos que azuzó el kirchnerismo, pero con una experiencia en la administración del poder y sensibilidad social superadora del macrismo. Acaso una parte de la sociedad entendió este domingo que esa promesa superadora no se concretó. Y el Gobierno quedó en un mal lugar, en una zona gris donde sumó a ese desencanto la desilusión de los propios por su «tibieza».

Recuperar el entusiasmo de los propios es un camino sencillo de recorrer para el sector que lidera Cristina. Ya lo vivimos. Ahora, esto podría implicar un regreso a la lógica de la minoría intensa, un lugar confortable, de certezas, pero alejado de la construcción de mayorías, que exigen el esfuerzo de los matices.

Esa contradicción política de fondo nos regresa al mecanismo de la intervención del Gobierno. Sergio Massa es hoy el nombre que se agita como solución. Pero salvado el inconveniente que Massa sigue diciendo que gracias pero no, quien sea que asuma la conducción de la administración, tiene un solo desafío: instrumentar un plan de estabilización exitoso. Y las medidas que ese camino requiera, acaso agudicen las contradicciones del actual dispositivo de poder.

 

*LPO

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