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El peor momento del Gobierno: ¿y por Massa cómo andamos? 24 agosto, 2021


El peor momento del Gobierno: ¿y por Massa cómo andamos?
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Por Edi Zunino

El presidente Alberto Fernández y las principales figuras del Gobierno ya no saben cómo hacer para desenredarse del embrollo que armó el penúltimo cumpleaños de Fabiola Yáñez. En verdad, la única gran mano se las dio Elisa Carrió, que con sombrero de mariachi y 70 invitados en su propio festejo demostró que la dirigencia política casi entera vive una realidad paralela a la de todos los demás mortales. Ni siquiera manteniendo en danza los rumores sobre el embarazo de la primera dama logran dar vuelta una página que los tiene tensos de verdad, empezando por los relámpagos internos que quieren tapar con las manos, inútilmente.

Lo peor de todo es la debilidad manifiesta del Presidente. Quedó en orsai justo cuando pensaba irse derecho al gol electoral con la política sanitaria y vacunatoria como estandarte. Chamuscada quedó la bandera y él, entre taciturno y ofuscado, va camino a dos años sin lograr ponerse un escalón arriba de todos los del frente, donde Cristina Kirchner sigue siendo divisada como la única Jefa con jefatura tangible.

La imagen es injusta con su hijo Máximo, pero sobre todo con Sergio Massa. El presidente del bloque y el titular de Diputados son, en verdad, quienes más vienen trabajando –y sin descanso- para mantener el equilibrio dentro de la coalición gobernante y, últimamente, transfundirle algo de sangre caliente al empalidecido Alberto F. Pero es Massa quien lo hace con más para perder.

El tigrense viene jugando su propio proyecto presidencial con perfil medio, comprando prestigio en ambientes diversos como componedor de conflictos propios y extraños, y bajándole el tono todo lo posible a la grieta, como si el más moderado de los racionales peronistas fuera él.

El Affaire Fabiola sirvió para que lo tentaran muy fuerte a Massa con salir a despegarse de Fernández, cosa que descartó de plano, sobre todo, porque su única mancha visible tiene que ver con el apodo de “Ventajita” que le puso Mauricio Macri. Decidió exhibirse institucionalmente leal, mientras su amigo Horacio Rodríguez Larreta lamentaba en público que las tempestades circunstanciales los mantengan en distintos barcos.

Hoy, la estrategia de Sergio Massa es sobrevivir con la frente alta a un Alberto Fernández desacreditado, a una CFK que tal vez no amplíe su mayoría en el Senado y a un Axel Kicillof estancado y que ni el hijo de la Señora termina de comprar. Máximo K le está agradecido a Massa. Le abrió puertas. Lo hizo recibir de dirigente “adulto”.

Por lo demás, nunca deja de tender puentes con quienes hoy no están, pero le gustaría tener de su lado: Miguel Pichetto y Emilio Monzó (no así Florencio Randazzo). En cuanto a Larreta y María Eugenia Vidal, los piensa como contrapesos de una Argentina condensada en el centro y capaz de generar acuerdos de mediano y largo plazo, coincidentes con un recambio generacional.

Por lo pronto, su desvelo es el Gran Buenos Aires. Ahí, con Máximo Kirchner se complementan muy bien para mantener en caja a intendentes, punteros y piqueteros.


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