Hay algo que la política suele olvidar hasta que los números vienen a recordárselo a los gritos: los votos no tienen memoria, tienen paciencia. Y cuando la pierden, se van.
Javier Milei está perdiendo el voto joven.
Por Ricardo Raúl Benedetti*
No es una impresión. No es una operación opositora. No es nostalgia por el pasado ni deseo de volver al kirchnerismo. Es algo bastante más sencillo y, para el Gobierno, bastante más peligroso: una parte importante de la generación que lo llevó al poder empieza a dejar de creer en él.
Esos jóvenes fueron decisivos en 2023. Fueron parte del fenómeno que llevó a Milei del outsider que gritaba contra “la casta” al despacho presidencial. Contribuyeron decisivamente a ese 55% del ballotage, donde también hubo un componente republicano que excedía largamente al libertarismo.
Hoy una parte de ellos lo mira de otra manera.
Con desencanto. Con desconfianza. Y, sobre todo, con una pregunta que debería preocupar al Gobierno mucho más que cualquier encuesta favorable: ¿para qué cambiar si al final son todos iguales?
Porque ahí está el verdadero problema.
El voto que viene
La demografía tampoco perdona.
Según el Censo 2022, el padrón electoral de 2027 será mayoritariamente joven: el 52,9% tendrá menos de 40 años. Incluso habrá una generación de adolescentes de 16 y 17 años que llegará a las urnas con una memoria política completamente distinta.
Muchos apenas recuerdan quién fue Cristina Kirchner en el poder.
Y esto no es un dato menor.
Entre el 45% y el 50% de los votos que Milei obtuvo en 2023 provinieron de menores de 40 años. Alrededor de un 20% correspondió directamente al segmento de 16 a 29.
Es decir: el voto joven no fue un accesorio del triunfo de Milei. Fue una de sus columnas vertebrales.
Por eso perderlo no significa perder “un sector”.
Significa empezar a perder el futuro.
Shila Vilker, de Trespuntozero, lo resume sin anestesia: “Un sector de los jóvenes que acompañó a Milei en 2023 hoy está enojado o desencantado”.
Cuando asumió, más de dos de cada tres jóvenes respaldaban al Presidente. Hoy retiene aproximadamente a uno de cada tres: entre el 37% y el 38%.
Y hay un dato todavía más incómodo.
Entre quienes se alejaron aparece un 20% de jóvenes que no sólo votaron a Milei: fueron militantes espontáneos de su candidatura. Fueron ellos quienes convencieron a sus padres, familiares y amigos de que había que votar distinto.
Ahora esos mismos jóvenes ven a sus padres sufrir el ajuste.
La economía dejó de ser una discusión de economistas. Se convirtió en una escena cotidiana:
“Veo a mis viejos llegar con lo justo.”
Y cuando eso sucede, ninguna explicación sobre la macroeconomía alcanza para llenar la heladera.
El problema de una generación que no tiene miedo al pasado
Mariel Fornoni, de Management & Fit, aporta otro dato que el Gobierno debería escuchar con atención: los jóvenes de 18 a 20 años no entienden qué significa “volver atrás”.
No porque sean ignorantes.
Porque no recuerdan el atrás.
Tenían cinco o seis años cuando Cristina Kirchner dejó el poder. Para ellos, Cristina no es una experiencia política vivida. Es una figura de archivo, una referencia que conocen por sus padres, por las redes o por la televisión.
Por eso repetirles que “hay que evitar volver al pasado” puede sonar tan vacío como pedirles que teman a un fantasma que nunca conocieron.
Milei todavía conserva mejores niveles de adhesión entre los jóvenes de 25 a 40 años, especialmente entre los varones. Pero incluso allí aparece el desgaste.
Su imagen ronda hoy el 37%.
Y eso no es precisamente una cifra para descorchar champagne.
La sangría ya había empezado
Cristian Buttié, de CB Global Data, había detectado el problema en abril: Milei retenía entonces alrededor del 70% de su voto joven.
Traducido al castellano: ya había perdido al 30%.
Pero hay algo todavía más significativo.
Si hoy hubiera que elegir entre continuidad y cambio, un 54,5% optaría por cambiar, mientras apenas un 33,4% preferiría continuar con el rumbo actual.
Y el dato que debería encender todas las alarmas libertarias es este: quienes no votaron a Milei en las generales de 2023 no aparecen hoy incorporándose masivamente a su proyecto.
El voto blando que terminó inclinando el ballotage se está evaporando.
Y un ballotage no se gana dos veces con los mismos votos.
Atlas Intel-Bloomberg fue todavía más contundente a fines de julio: entre los jóvenes de 16 a 24 años, el 76,9% desaprueba la gestión de Milei.
Casi ocho de cada diez.
Entre los de 25 a 34 años, la desaprobación llega al 71,9%.
El Índice de Confianza de la Universidad Torcuato Di Tella aporta otra señal: por primera vez, los menores de 30 años muestran un nivel de confianza inferior al promedio general.
Y en los barrios populares del conurbano, el CIAS encontró que el 42% de los jóvenes que votaron a Milei en 2023 hoy no volvería a hacerlo.
Son demasiadas señales para seguir llamándolo una mala racha.
Claro que todavía existe un Milei joven
También hay que decirlo.
Algunas mediciones son bastante más favorables y todavía lo muestran con alrededor de un 45% de aprobación entre los jóvenes, o con un 56% de personas de 18 a 35 años que preferirían mantener el rumbo.
El núcleo duro sigue allí.
Ese 30% que lo acompaña con una fidelidad casi religiosa, profundamente antiperonista, convencido de que cualquier alternativa al modelo anterior es preferible.
Pero justamente por eso hay que mirar el dato que importa.
El núcleo duro no está creciendo.
Y las elecciones no las ganan los núcleos duros.
Las ganan los que dudan.
Los que cambian.
Los que ayer votaron una cosa y mañana pueden votar otra.
Los que no militan. No gritan. No insultan. No postean veinte veces por día. Simplemente entran al cuarto oscuro y deciden.
Ahí está el problema de Milei.
La economía, la casta y el desencanto
Las razones tampoco son demasiado misteriosas.
El ajuste se siente en el bolsillo.
En el trabajo precario. En el alquiler imposible. En el salario que llega con dificultad a fin de mes. En los padres que ayudan a sus hijos adultos porque todavía no pueden independizarse.
Los jóvenes no viven de la baja de la inflación que anuncia el Gobierno.
Viven del sueldo que no alcanza.
Y la percepción de que el “anticasta” terminó absorbido por la lógica del poder tampoco ayuda.
Escándalos. Funcionarios cuestionados. Insensibilidad frente a jubilados y discapacitados. Contradicciones. Privilegios. Una comunicación presidencial que muchas veces parece hablarle exclusivamente a quienes ya están convencidos.
Y, sobre todo, una sensación cada vez más extendida:
Milei prometió terminar con la casta y terminó convirtiéndose en gobierno.
Y cuando el outsider se convierte en gobierno, aparece el riesgo inevitable: empezar a parecerse demasiado a aquello contra lo que construyó su identidad.
La frase que llevó a miles de jóvenes a votarlo puede entonces darse vuelta como un boomerang:
“Son todos iguales.”
Ese es el peor escenario para Milei.
No que los jóvenes se vuelvan peronistas.
Que dejen de creer que él es distinto.
2027 no es 2023
Este es, en términos políticos y simbólicos, el problema más serio que tiene por delante el Presidente.
Milei ganó porque logró convertir la bronca en esperanza.
Una generación estaba harta. Harta de la inflación, de la corrupción, de la pobreza, de los políticos profesionales, de escuchar siempre las mismas promesas y terminar siempre en el mismo lugar.
Milei les ofreció algo mucho más poderoso que un programa económico:
les ofreció la sensación de que podían patear el tablero.
Pero esa energía no es propiedad privada de nadie.
Si esa misma generación empieza a sentir que Milei también se convirtió en aquello que prometió combatir, el capital político más valioso del Presidente comienza a desaparecer.
Y 2027 no será 2023.
El padrón será más joven.
La memoria histórica será más corta.
La experiencia del Gobierno será más larga.
Y el desencanto ya habrá tenido tiempo de madurar.
El peronismo todavía no logra capitalizar completamente ese malestar. La izquierda recoge una parte. El resto se dispersa entre la abstención, la bronca y la búsqueda de una alternativa que todavía no terminó de aparecer.
Pero la política, como la naturaleza, odia los espacios vacíos.
Si Milei deja ese espacio, alguien lo va a ocupar.
El mismo viento
El Gobierno todavía tiene tiempo.
Puede recuperar parte de ese electorado. Puede mejorar los ingresos. Puede mostrar resultados concretos. Puede corregir errores. Puede abandonar la soberbia. Puede volver a hablarle a quienes alguna vez lo escucharon sin convertir cada crítica en una conspiración.
Pero necesita entender algo antes de que sea demasiado tarde:
los jóvenes que llevaron a Milei al poder no le deben fidelidad.
No son propiedad de La Libertad Avanza.
No son peronistas reciclados ni soldados libertarios.
Son una generación que votó contra lo que conocía porque quería algo diferente.
Y si mañana siente que lo diferente terminó siendo más de lo mismo, simplemente buscará otra cosa.
Así funciona.
Milei llegó a la Casa Rosada montado sobre el enojo de una generación.
El problema es que el enojo que te lleva al poder puede ser exactamente el mismo que te saque de él.
Y si el Presidente no consigue recuperar a esos jóvenes, 2027 puede empezar a escribirse mucho antes de que aparezcan las boletas.
Porque el voto joven no suele avisar cuando se va.
Primero deja de defenderte.
Después deja de escucharte.
Y finalmente, simplemente, deja de votarte.
Ese proceso parece haber comenzado.
Y esta vez, quizás, el que no lo está viendo venir sea Milei.