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Última actualización: 13/05/2026 19:45:53

OPINIÓN| Los gobernadores patagónicos y Milei: condenados a negociar

OPINIÓN| Los gobernadores patagónicos y Milei: condenados a negociar

Por Pablo Das Neves*

La Patagonia pesa poco en términos electorales nacionales, pero mucho en términos estratégicos.

La relación entre Javier Milei y los gobernadores patagónicos no es una historia de amor ni una guerra terminal. Es algo más complejo: un suerte de equilibrio de Nash. Cada jugador sabe que su mejor resultado individual sería imponer condiciones sin ceder, pero también sabe que si lleva la confrontación al límite puede terminar peor que antes. Por eso, el resultado más probable (y eficiente) no es la ruptura ni la subordinación, sino una cooperación administrada, tensa, transaccional y repetida.

La Patagonia pesa poco en términos electorales nacionales, pero mucho en términos estratégicos. Por ejemplo en términos energéticos: Neuquén explica cerca del 69% de la producción nacional de petróleo y gas; Chubut aporta casi el 14% del petróleo; Santa Cruz, alrededor del 6%; Río Negro, algo menos del 3%; y La Pampa, poco más del 1%. La región no define una elección presidencial por volumen de votos, pero sí puede condicionar la infraestructura energética, la salida exportadora, la minería, los puertos, las regalías y la gobernabilidad territorial. Ese es el punto que vuelve inevitable la negociación.

Milei necesita a la Patagonia porque su programa económico requiere dólares genuinos. Sin energía, la estabilización queda demasiado apoyada en el ajuste fiscal, el financiamiento externo y la confianza financiera. Con Vaca Muerta, GNL, puertos y oleoductos, puede construir una narrativa de crecimiento exportador. YPF proyectó exportaciones energéticas por hasta US$ 50.000 millones anuales desde 2031, con inversiones por US$ 130.000 millones hasta ese año, incluyendo petróleo, GNL e infraestructura desde Vaca Muerta hacia la costa atlántica.

Pero los gobernadores también necesitan a Milei. Necesitan fondos, obras, avales, rutas, puertos, reglas previsibles de inversión, estabilidad macro, acceso a financiamiento, fondos previsionales y capacidad de interlocución con la Casa Rosada. Gobernar la Patagonia implica administrar territorios extensos, caros, con baja densidad poblacional, fuerte dependencia logística y economías sensibles a decisiones nacionales.

Este modelo de equilibrio puede plantearse de forma simple. Nación y gobernadores patagónicos tienen dos estrategias básicas: cooperar o confrontar. La lógica es sencilla. Si Nación y gobernadores cooperan, ambos obtienen un resultado razonable: el Gobierno consigue leyes, gobernabilidad e inversión; las provincias reciben fondos, obras y previsibilidad. Si uno endurece su posición mientras el otro cede, el primero puede obtener una ganancia de corto plazo, pero al costo de deteriorar la relación con perdidas significativas en el largo plazo. Y si ambos deciden ir a fondo, el resultado es malo para todos: bloqueo legislativo, judicialización, incertidumbre, demora de inversiones y pérdida de capital político. Por eso el equilibrio real no descansa en la confianza plena (que no existe ni existirá), sino en una fórmula más estrategica: negociar siempre, pero sin abandonar la amenaza creíble de ruptura total.

La elección legislativa de 2025 reforzó ese cálculo. Milei salió fortalecido a nivel nacional: La Libertad Avanza superó el 40% de los votos, ganó en 15 de los 24 distritos y amplió su bloque, aunque sin mayoría propia. En Diputados quedó lejos de los 129 votos y en el Senado siguió necesitando acuerdos. Es decir, pese al ruido político actual, mejoró su poder de fuego, pero no eliminó la necesidad de negociar con gobernadores y bloques provinciales.

Del otro lado, varios gobernadores llegaron muy golpeados por sus propios resultados locales. La estrategia común de los mandatarios patagónicos de nacionalizar la disputa contra la Casa Rosada no tuvo el resultado esperado. Cinco gobernadores del sur hicieron campaña contra el centralismo y la desinversión nacional, pero ninguno obtuvo una victoria para festejar.

El dato es importante porque corrige una lectura simplista. Los gobernadores no negocian desde una fortaleza plena. Negocian con recursos estratégicos, pero también con electorados fragmentados, avance libertario y desgaste local. En Chubut, La Libertad Avanza ganó con 28,55%, el peronismo quedó apenas detrás con 27,94% y el oficialismo de Ignacio Torres no pudo romper la polarización nacional. En Neuquén, LLA le ganó por seis puntos al frente de Rolando Figueroa. En Río Negro, el oficialismo de Alberto Weretilneck quedó tercero, desplazado por la polarización entre libertarios y peronistas. En Santa Cruz, el espacio del gobernador Claudio Vidal también quedó golpeado. En Tierra del Fuego, Milei ganó con 38,57% frente al 30,99% de Fuerza Patria. La excepción relativa fue La Pampa, donde el peronismo de Sergio Ziliotto ganó, pero por apenas un punto: 44,6% contra 43,6% de LLA.

Figueroa y Torres son los dos jugadores patagónicos más relevantes, aunque por razones distintas. Figueroa tiene la carta más poderosa y estructural: Vaca Muerta. Neuquén es demasiado importante para ser tratada como una provincia más. Su poder no surge necesariamente de la confrontación, sino de la centralidad productiva. Si Neuquén se vuelve imprevisible, la promesa energética nacional pierde credibilidad. Pero si Nación traba divisas, infraestructura, permisos o reglas de inversión, Neuquén tampoco puede capturar plenamente el valor de su recurso.

Torres juega una partida más política. Sin tantos recursos como Neuquén, pivotea entre el PRO y la construcción de un partido provincial, y desde el inicio marcó un perfil de confrontación con Milei, mientras buscaba volumen político nacional. Su amenaza inicial frente a la Casa Rosada instaló una idea: Chubut no es solo una provincia que pide fondos, también es un territorio políticamente autónomo con petróleo, puertos, sindicatos, regalías y capacidad de ruido político. Pero su dilema es más delicado que el de Figueroa: necesita diferenciarse de Milei sin regalarle el electorado antiperonista, y necesita confrontar sin quedar atrapado entre LLA y el peronismo local.

Weretilneck merece una mención aparte: probablemente sea el más hábil para negociar. Río Negro no tiene la potencia de Neuquén y Chubut, pero puede convertirse en una provincia bisagra si la salida atlántica del GNL y la infraestructura exportadora se consolidan. Su poder está menos en el volumen actual y más en la ubicación futura. Por eso su mejor estrategia no es la épica confrontativa, sino la paciencia táctica: estar disponible para negociar cuando la Nación necesite territorio, puerto, permisos y gobernabilidad.

Los otros gobernadores tienen menos centralidad en el tablero nacional, aunque completan el equilibrio regional. Vidal, en Santa Cruz, negocia más desde la defensa del empleo, la minería, el petróleo maduro y la paz social que desde la expansión futura. Melella, en Tierra del Fuego, enfrenta un conflicto más estructural porque el régimen industrial fueguino choca de frente con la mirada fiscalista y desreguladora del Gobierno. Ziliotto, en La Pampa, juega desde otro casillero: está claramente identificado con la oposición peronista y su margen de cooperación con Milei es más bajo. Su activo no es energético, sino político: puede ayudar a ordenar una resistencia federal y peronista frente a la Casa Rosada.

El equilibrio patagónico, entonces, no es homogéneo. La unificación en un bloque lo transforma en un núcleo de poder importante. Figueroa negocia desde la centralidad energética y logística. Torres, desde la confrontación administrada y la reconstrucción de poder propio. Weretilneck, desde la habilidad táctica y la infraestructura futura. Vidal y Melella, desde defensas sectoriales más frágiles. Ziliotto, desde una oposición peronista más nítida. Pero no menos cierto es que esa fortaleza regional es débil, ya que cada mandatario tiene sus propios intereses y debe negociar también hacia adentro.

La conclusión es que Milei y la Patagonia están condenados a recalcular permanentemente su relación desde la negociación y la amenaza creíble. El presidente necesita disciplinar como marca su narrativa, pero también necesita dólares. Los gobernadores necesitan diferenciarse para no diluirse, pero también necesitan recursos. Todos amagaron con jugar fuerte; todos descubrieron que el costo de romper es alto. Este es el equilibrio de Nash federal: nadie obtiene su mejor resultado absoluto, pero todos evitan el peor.

*LPO