Por Sergio Mammarelli*
Me es imposible no imaginar qué hubiera pensado Jorge Lanata del caso Adorni. Con su catarata de datos desnudos, su ironía sin red y ese cinismo erigido en método periodístico, hubiera construido un editorial que te deja sin aire. Habría empezado, como siempre, por el casting de nombres. Y habría dicho, sin dudar: “Adorni, como te adornaron”.
Hagamos los números, que es lo que más incomoda a la gente que tiene cosas que ocultar.
Manuel Adorni cobró, según sus propias declaraciones juradas ante la Oficina Anticorrupción, tres millones y medio de pesos mensuales hasta el año pasado. Después subió a siete millones. Siete millones de pesos: al tipo de cambio oficial de hoy, poco más de cuatro mil dólares al mes. Con eso, el vocero presidencial —y después Jefe de Gabinete de la Nación— financió una existencia que la Justicia calcula en más de trescientos sesenta mil dólares solo en compromisos inmobiliarios. Sin contar viajes. Sin contar alquileres intermedios. Sin contar la cascada.
El contratista se llama Matías Tabar, socio del grupo Alta Arquitectura. Declaró tres horas ante el fiscal federal Gerardo Pollicita en Comodoro Py. Fue con documentos. Dejó el celular para que lo peritaran porque había borrado mensajes con Adorni. Los borró. Alguien le dijo que borrara los mensajes, y los borró. Eso también es un dato, y los datos no se borran tan fácil. Cuando terminó de declarar, Tabar contó que Adorni lo había llamado antes de que fuera a testificar y le había ofrecido que «su equipo lo contactara». Tabar dijo que no. Se asesoró solo. En este país, eso merece un aplauso.
Lo que declaró es simple: doscientos cuarenta y cinco mil dólares, en efectivo, en mano, sin recibo, por remodelar la casa del country. Cincuenta y cinco mil a fines de 2024. El resto en 2025. Pisos nuevos. Paredes nuevas. Cocina. Quincho. Pileta. Y la cascada. Siempre la cascada de mosaico travertino.
Para un periodista como Lanata, que cubrió durante años la corrupción kirchnerista —que viajó, investigó, puso en pantalla bolsos, cuadernos, cajas, valijas, maletines, bolsas de consorcio llenas de billetes—, todo esto habría sido un pic nic. Una ingenuidad de mal gusto. Corrupciones de iniciación.
Porque en la Argentina la corrupción no es una distorsión del sistema. Es el sistema. La única ideología verdaderamente transversal que sobrevivió a todos los gobiernos, a todas las crisis, a todos los relatos. El Peronismo la tuvo. El Radicalismo la tuvo. La Alianza se cayó encima de ella. El Kirchnerismo la perfeccionó hasta convertirla en arte conceptual. Y ahora La Libertad Avanza la tiene, fresca, recién estrenada, con pileta y cascada incluidas, a menos de dos años de haber llegado al poder prometiendo que esta vez iba a ser diferente.
Adorni bajó a esa sala de prensa como si no pasara nada. Que, si tenía explicaciones que dar, las daría ante la Justicia. El mismo hombre que durante dos años se paró ante las cámaras cinco días a la semana a explicar absolutamente todo —los decretos, las reformas, los ajustes, el rumbo histórico de la Nación— ahora descubría, de pronto, que existe un ámbito competente y que ese ámbito no es la prensa. Curioso timing para descubrir los límites de la comunicación pública.
Mientras tanto declaraba Leandro Miano, hijastro de una de las jubiladas que le prestó plata al jefe de Gabinete. Porque también hay jubiladas. Dos jubiladas que le prestaron cien mil dólares, con hipoteca sobre el departamento de él como garantía, el mismo día que la esposa compraba la casa del country. Todo en el mismo día. Todo en efectivo. Todo sin que nadie, en ningún momento, se preguntara de dónde venía tanta plata en un hombre cuyo salario oficial no superaba los cuatro mil dólares mensuales.
Cambia el gobierno. Cambia el relato. Cambia el nombre del country. La cascada siempre está.
La virtud de los que ya tienen
En la Argentina existe una confusión antigua y persistente entre la honestidad y la falta de oportunidad. Las confundimos porque nos conviene confundirlas, porque la segunda es mucho más frecuente que la primera y porque distinguirlas requiere una crueldad analítica que la política criolla rara vez tolera.
Comparemos por un momento a Mariano Cúneo Libarona y Manuel Adorni. Dos funcionarios del mismo gobierno. Dos hombres que pronunciaron la misma frase con idéntica convicción y el mismo gesto de republicanismo herido: «todo mi patrimonio lo hice antes de llegar al poder». La frase suena bien. El problema, como siempre en este país, está en los detalles.
El Ministro de Justicia llegó al gobierno de Milei declarando activos por unos seis millones y medio de dólares ante la Oficina Anticorrupción: veintinueve propiedades, cuentas en el exterior, un departamento en Miami Beach, participación en una casa en Punta del Este. Todo construido en cuarenta años de ejercicio del derecho penal privado, defendiendo a los acusados más complejos de la historia judicial argentina. El Yomagate. La causa AMIA. Su frase, en términos estrictamente cronológicos, es verificable. Tenía lo que tenía antes de que Milei ganara las elecciones. El patrimonio existía. La historia existe.
Un hombre que llega al gobierno con seis millones de dólares declarados y cuentas en Suiza, en Puerto Rico y en Estados Unidos no necesita robar. No necesita cobrar en efectivo sin factura. No necesita pedirle plata prestada a dos jubiladas con hipoteca como garantía. Ya tiene. Pero que quede claro: eso no es virtud. Es saciedad. No es deshonestidad, pero tampoco es mérito republicano. Es simplemente que el Estado no le resulta tentador porque ya llegó satisfecho.
Ahora Manuel Adorni. El mismo argumento. La misma frase. El mismo gesto. Con una diferencia crucial: Adorni llegó al poder sin la fortuna previa que hace innecesaria la tentación. Llegó como economista y comunicador de mediana visibilidad, sin propiedades que llamaran la atención de nadie, sin cuentas en el exterior, sin veintinueve inmuebles que declarar. Y entonces, expuesto a lo que Cúneo nunca necesitó enfrentar, compró una casa en el country Indio Cuá de Exaltación de la Cruz, pagó doscientos cuarenta y cinco mil dólares en efectivo y sin factura para remodelarla, adelantó treinta mil dólares por un departamento en Caballito, tomó prestados cien mil dólares de dos jubiladas con hipoteca como garantía, y alquiló otra propiedad en el mismo barrio privado mientras duraban las obras, por trece mil dólares. Todo después de diciembre de 2023. Todo después de llegar al poder. La frase no le cierra ni con el mejor abogado del mundo.
El contraste entre los dos no demuestra que Cúneo sea honesto. Demuestra algo más perturbador: que en la Argentina la honestidad de los funcionarios es frecuentemente indistinguible de la ausencia de necesidad. Que el mérito que le asignamos a quien no roba puede ser simplemente el mérito de quien ya ganó suficiente antes —o heredó suficiente antes— como para que el Estado no le resulte tentador.
¿Cuántos de los que llamamos honestos lo son porque eligieron serlo, y cuántos simplemente porque nunca los pusimos a prueba?
La diferencia importa. Aunque en este país, por ahora, todavía no se nota.
La misma frase, dos mundos
En la Argentina hay una frase que se ha convertido en el mantra universal del funcionario acorralado: «todo mi patrimonio lo hice antes de llegar al poder». Suena limpia. Suena honesta. El problema, como siempre, está en los hechos que la rodean.
Cúneo Libarona y Adorni la dijeron exactamente igual. Palabra por palabra. Pero cuando uno mira los hechos detrás de la frase, descubre que en la Argentina la misma oración puede ser simultáneamente verdad y mentira, según quién la pronuncie y cuándo empezó a comprar.
Cúneo construyó su patrimonio en cuarenta años de profesión privada. Su declaración jurada ante la OA, aunque cuestionada por quienes señalan que regularizó parte de su situación recién con el blanqueo de Macri en 2016, muestra activos que existían antes de que Milei ganara las elecciones. La frase, en su caso, aguanta el escrutinio. Cruje, pero aguanta.
Adorni, en cambio, llegó sin fortuna conocida. Y después de diciembre de 2023 —es decir, después de llegar al poder, no antes— el contador de sus compromisos inmobiliarios superó los trescientos sesenta mil dólares, con deudas documentadas que llegan hasta noviembre de este año. La diferencia entre los dos no es ideológica ni estética. Es cronológica y matemática. Uno dijo la frase y la frase es verdad. El otro dijo la misma frase y la frase es, para decirlo con la mayor elegancia posible, una fantasía.
Lo que más incomoda de todo este caso no es la cascada de mosaico travertino ni los doscientos cuarenta y cinco mil dólares en billetes. Lo que más incomoda es la frase. Porque la frase revela algo más profundo que la corrupción individual: revela el desprecio por la inteligencia del ciudadano. Adorni es el vocero. Es el hombre cuyo oficio es la comunicación, la palabra precisa, el mensaje calculado. Y eligió, en el momento en que más lo necesitaba, repetir exactamente el mismo argumento que cualquier corrupto argentino de cualquier signo político ha repetido en las últimas décadas. No se molestó en inventar algo nuevo. No le pareció necesario.
Y eso, en el fondo, es lo más revelador: la convicción de que alcanza con decirlo, de que nadie va a hacer las cuentas, de que el tiempo y el ruido van a hacer el trabajo de borrar lo que el contratista, en cambio, se negó a borrar.
Por qué Adorni no renuncia
Esa es la pregunta más explosiva de todas. Adorni no renuncia. No es desplazado. No hay costo político aparente. El Gobierno que llegó prometiendo la revolución de la transparencia mantiene en su cargo al funcionario cuya situación patrimonial está siendo investigada por la Justicia federal. Y la única pregunta lógica frente a esa decisión es una sola:
¿Qué sabe Adorni que Milei no puede permitirse que cuente?
La impunidad interna tiene dos explicaciones posibles. La primera es la lealtad ideológica, el capricho político, la torpeza de un gobierno que no quiere mostrar debilidad echando a su vocero histórico. Esa explicación es cómoda y puede ser parcialmente cierta.
La segunda es más vieja y argentina: el que sabe demasiado no se va. El que estuvo en el origen, en las conversaciones que no se graban, en las decisiones que no se escriben, en los momentos donde el poder se construye antes de ser poder, ese hombre no renuncia ni es renunciado. Ese hombre se queda. Y todos saben por qué se queda, aunque nadie lo diga en voz alta.
Lanata lo habría dicho de otra manera, con más sangre y menos adjetivos. Pero al final habría llegado al mismo lugar. Porque en la Argentina, la pregunta siempre es la misma y siempre queda sin respuesta: ¿quién cuida al que cuida?