Por Marisa Rauta
El periodista nace y muere ejerciendo el derecho a la duda. Es la marca indeleble que define la estirpe, y el gran principio rector de una profesión que requiere tanta rigurosidad para evitar excesos, como valentía para cuestionar certezas.
Dijo hace unos días el Presidente que ‘no se odia lo suficiente al periodismo’. La frase, que sonó un poco como apología de la violencia, y se promovió como rezo liberal libertario, dejó claro varias cosas.
En primer lugar, que si el poder se siente tan auditado como para odiar a quienes analizan sus actos y los describen, es porque algo se está haciendo verdaderamente bien.
Lejos de sacarle el cuerpo a esa parrafada, hay que entender que el miedo y la debilidad casi siempre se expresan con verborragia. Tanto como se torna agresión la impotencia de lo que no se controla.
Guste o no, la prensa influye en la agenda pública y genera la suficiente densidad como para que se vaya consolidando una opinión ciudadana, menos bastardeada y mas analítica de lo que propone la inmediatez de las redes sociales, y eso se convierte en un contrapeso institucional real frente a los poderes del Estado y las corporaciones.
La manipulación que facilitó la globalización, la despersonalización que fomentó la vida ciberespacial y el culto a los bots que promueven las nuevas formas de dominación, terminan chocando de plano con el periodismo, precisamente por algo que no se doblega facilmente, y es el sentimiento de apego por el deber ser.
Un modo rector que flota en el ADN profesional y representa el plano ideal, normativo y ético frente a la realidad fáctica. Representa el espíritu sobre la materia, los derechos sobre los deberes, y la pasión sobre la indiferencia.
De allí que un periodismo independiente, no está para agradar. Está para investigar, exponer dudas, excesos, falta de transparencia o incluso denunciar actos de corrupción con nombre y apellido si es necesario, lo que inevitablemente entra en fricción con los funcionarios de turno, los intereses particulares y por supuesto con la narrativa oficial.
La Gaceta de Moreno, el primer periódico nacional por el cuál festejamos hoy el Día del Periodista en la Argentina, nació a la luz de una revolución. Ese periodismo directo y sin eufemismos, tuvo un rol decisivo en la formación de opinión pública que luego sustentaría la Independencia. Desde alli, Moreno enfatizaba dos postulados democráticos: la libertad de pensamiento y la publicidad de los actos de gobierno. Dos objetivos profesionales que fueron y son resistidos desde la mayoría de los espacios de poder y hasta señalados como ‘conspirativos’.
Aquel histórico periódico -que sobrevivió apenas once años pero los suficientes para marcar el camino-, se concibió como el vínculo fundamental entre el pueblo y sus representantes. Increíblemente, el secretario de gobierno y guerra de la Primera Junta sabía que su principal limitación estaba en el alto porcentaje de analfabetismo, ya que poca gente sabía leer en 1810. Una resistencia inerente a las audiencias, que los comunicadores de todas las épocas seguimos arrastrando en diferentes formatos: que se lea lo suficiente, se comprenda lo necesario, se interprete en su contexto, se reflexione lo máximo posible, y se acepte el disenso, tanto como el consenso.
Desde aquellos inicios pasaron 216 años y muchas otras tantas revoluciones, nacionales, provinciales, y personales. Ya no hay que lidiar con el escollo del analfabetismo, pero si con otras limitantes, como la intolerancia exacerbada del poder
En un mundito donde pedir las declaraciones juradas de los funcionarios es ofensivo, donde las publicaciones oficiales se realizan tarde y parcializadamente mal, donde los documentos públicos requieren de intrincados mecanismos para quienes piden acceder a alguna consulta mínima, donde los niveles de transparencia pública dejan mucho que desear, y la mayoría de las leyes y normativas en ese sentido son de caracter apenas declamativo, no es de extrañar que el trabajo periodístico moleste y mucho.
Este 7 de junio de 2026 Chubutline cumple 6 años, apenas un mínimo de los 36 años de una carrera profesional y personal, que me permite sintetizar algunas certezas que vale la pena refrescar:
Que el buen periodismo despierta la imaginación y narra mundos posibles, que tarde o temprano rompen con el relato indocumentado de los porcientos alienantes y las versiones oficiales gacetilladas.
Que el buen periodismo construye escenas, describe estéticas, captura detalles y establece códigos universales humanizantes, frente a los tejes y manejes de la política robotizada
Que el buen periodismo hace pacientemente de la crónica social una gota diaria que nutre el recuerdo colectivo, y riega la mismísima memoria histórica. La única que salva a los pueblos de sí mismos.
Que el buen periodismo no le despedaza las pilchas al poder, sólo denuncia la desnudez del rey, cada vez que lo ve deambular en polainas y a los gritos.
El buen periodismo es una piedra en el zapato del que administra lo público y el cancerbero del interés general, por eso es y será Cuarto Poder
Y por todo esto, el buen periodismo nunca será lo suficientemente amado, y nunca será lo suficientemente odiado, afortunadamente.
Que así sea.. y Felíz Día Colegas!