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6 marzo, 2026

La Necrológica Prematura: Milei, y el Fantasma Omnipresente de Maquiavelo

¿Ha muerto realmente el padre de la ciencia política moderna o es el arquitecto invisible del modelo libertario? Un análisis sobre la «Virtù», el realismo político y las paradojas del poder actual.

Por Favio Casarin*

0-Poder real: ¡muerte o metamorfosis?

En el mes de enero, y bajo las luces gélidas de Davos, donde el poder global se congrega para rediseñar el destino del capital, el presidente Javier Milei lanzó una sentencia que pretendía ser un acta de defunción: «Maquiavelo ha muerto». Con la vehemencia de quien cree haber purificado la política a través de la libertad de mercado, Milei intentó enterrar al padre de la ciencia política moderna.

En los pasillos del realismo político, el eco de esa frase suena no como una verdad, sino como una ironía desafortunada, plagada de un desconocimiento histórico que sorprende en un mandatario de tan alto rango. Puede desconocerlo él, y de hecho la historia argentina nos muestra casos peores, pero resulta llamativo que ningún asesor, de los que seguramente lo acompañaron a Suiza, le permitan cometer semejantes yerros, frente a un auditorio de líderes internacionales.

Javier Milei pregona a los cuatro vientos que Maquiavelo ha muerto, pero parece que lo dice mientras le cierra los ojos al cadáver para que no lo vea aplicar, capítulo por capítulo, las tácticas de “El Príncipe”. Su retórica es un festín de libertad económica y capitalismo purista; sin embargo, en la práctica, el «León» prefiere una dieta un tanto más selectiva. Nicolás Maquiavelo no solo no ha muerto, sino que es el arquitecto invisible sobre el cual se erige el sistema que el propio Milei defiende con fervor.

I. La Ilusión de la «Muerte»: El Estado vs. El Individuo

La tesis de Milei sugiere que, al reducir el Estado a su mínima expresión, se elimina la necesidad de la «Razón de Estado» y, por ende, las tácticas de manipulación y poder descriptas en El Príncipe, la obra cumbre y de lectura obligatoria para cualquier político, estudiante, y hasta para el ciudadano común. Pero aquí yace el primer error analítico, que pone en evidencia el desconocimiento histórico de la figura de Maquiavelo:

Maquiavelo no inventó la maldad; descubrió que la política es una técnica autónoma de la moral religiosa. No fundó una teoría política, sino que fue -y es- un faro que describe la realidad del poder y como construirlo y conservarlo.

Para entender por qué Maquiavelo está más vivo que nunca en la piel de líderes como Javier Milei, debemos despojarnos de la definición moral de «virtud» y abrazar la «Virtù» maquiavélica: esa mezcla explosiva de audacia, técnica, voluntad férrea y, sobre todo, la capacidad de moldear la realidad a voluntad. Para Maquiavelo, la Virtù es un conjunto de cualidades que le permiten al caudillo vencer los obstáculos del presente y hacer frente a cuantos tropiezos pueda depararle el futuro. La Virtù está directamente asociada con la voluntad y la inteligencia, la acción y la destreza; es conocimiento y sagacidad, pero no presunción, y es arrojo y competencia, pero no temeridad.

En el caso de Milei, su Virtù consistió en leer que el «río» del hartazgo social estaba en su punto máximo y, en lugar de intentar calmar las aguas, se lanzó a ellas con una motosierra. Su comunicación no busca estabilidad, sino gestión estratégica del conflicto. Un libreto que siguió al pie de la letra al recordado Niccolò.

II. La Dualidad del León y la Zorra

Uno de los pasajes más célebres de “El Príncipe” insta al gobernante a ser ambas cosas: el León para espantar a los lobos y la Zorra para reconocer las trampas. Milei ejecuta esta dualidad con precisión quirúrgica:

El León (La Fuerza): Se manifiesta en el lenguaje rudo, los gritos, la confrontación directa en Davos -y en cualquier escenario- y el quiebre de las formas diplomáticas. Es la imagen de la potencia que no se dobla ante «la casta».
La Zorra (La Astucia): Es el uso quirúrgico de los algoritmos, la creación de memes que simplifican verdades complejas y la capacidad de decir «Maquiavelo ha muerto» para distraer al público de que, en ese mismo instante, se está aplicando una táctica de manual para concentrar poder simbólico, emulando al mismísimo Maquiavelo.

III. La Estética del «Parecer»

«Todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres», dijo Maquiavello.

En la comunicación moderna, la percepción es la única realidad. La Virtù hoy es el manejo magistral de la puesta en escena. El líder populista se presenta como «uno más», un hombre auténtico que dice «la verdad» sin filtros. Esta «transparencia» es, en realidad, una construcción comunicacional ordenada desde técnicas de marketing que se enseñan en cualquier curso básico. Al declarar la muerte del realismo político, Milei se posiciona como un profeta moral, una jugada para obtener la confianza ciega de las masas mientras opera en la arena política más cruda.

IV. La Creación del «Otro» (El Enemigo Necesario)

Maquiavelo sabía que un príncipe es más fuerte cuando tiene una amenaza que combatir. La Virtù moderna se mide por la capacidad de polarizar.

La táctica maquiavélica es la creación de El Enemigo. Antes eran «Los Grandes» (la nobleza que oprime); hoy son «La Casta», «El Socialismo», «El Foro de San Pablo». La comunicación de Milei no busca el consenso liberal clásico, sino una gestión estratégica de la confrontación.

La creación del enemigo, según Maquiavelo, tendrá como resultado la cohesión popular a través del miedo al enemigo. Hoy, la base de seguidores de Milei, sienten y proclaman que el líder es el único escudo frente al abismo (el regreso del kirchnerismo).

“Declarar la muerte de Maquiavelo en el templo del capitalismo global es como declarar la muerte del oxígeno mientras se respira profundamente.”

V. El ADN Maquiavélico del Capitalismo

Contrario a la visión de Milei, el capitalismo moderno no es la antítesis de Maquiavelo, sino su prole más sofisticada. La transición del pensamiento medieval al moderno, que permitió el nacimiento del libre mercado, requirió la «secularización del éxito» que el florentino propuso.

Maquiavelo fue el primero en entender que la eficacia es la única moneda que no se devalúa en la arena del poder. El capitalismo es, en esencia, la aplicación de esa eficacia al mundo de la producción.

Veamos algunos conceptos clásicos de Maquiavelo, y su estrecha relación con los paradigmas del capitalismo moderno:

Realismo Político: El mercado no opera bajo «deseos morales», sino bajo incentivos y realidades crudas (Oferta/Demanda).

Autonomía de la Esfera: Así como Maquiavelo separó la política de la Iglesia, el capitalismo separó la economía de la ética tradicional.

Competencia y Supervivencia: La idea de que el éxito justifica los medios necesarios para la preservación de la empresa/Estado.

El Conflicto como Motor: Maquiavelo veía en la pugna entre los «grandes» y el «pueblo» la salud de la República; el capitalismo ve en la competencia el motor del progreso.

VI. La Paradoja de Davos: El Realismo bajo el Disfraz de la Libertad

Cuando Milei afirma que «Maquiavelo ha muerto», está realizando una maniobra política de manual: el ocultamiento de la táctica detrás de la ideología.

1. La Narrativa como Arma: Maquiavelo enseñó que el gobernante debe parecer, más que ser. Milei proyecta una imagen de ruptura total, mientras utiliza todas las herramientas de la comunicación política moderna para intentar consolidar una hegemonía del pensamiento, bajo el slogan de “estamos dando la batalla cultural”.

2. El Mercado como Nuevo Soberano: Si el Estado retrocede, el «Poder» no desaparece; se desplaza. Las corporaciones y los mercados financieros operan bajo una lógica de realpolitik donde la eficiencia y el resultado mandan, validando la premisa de que «el fin (la rentabilidad/libertad) justifica los medios (el ajuste/la disrupción)».

VII. El Evangelio según San Maquiavelo (Versión Libertaria)

Resulta casi poético: mientras lanza rayos y centellas contra titanes del sector privado como Paolo Rocca (Techint) o Javier Madanes Quintanilla (FATE) —tratándolos como los villanos de una película que él mismo dirige—, su motosierra parece perder el filo cuando se acerca a los privilegios sagrados. Al final del día, la libertad es un grito de guerra, pero la caja sindical y de la casta política permanece intocable, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) no solo no fue dinamitado, sino que ha sido adornado con el más preciado cotillón intervencionista. YPF, el emblema que había que privatizar, sigue descansando cómodamente en el cálido regazo del Estado.

Es un capitalismo curioso: uno donde se castiga al que produce por su cuenta, pero se mantiene el «círculo de privilegios» para los amigos del sistema populista.

VIII. La Utopía de Huerta de Soto frente al Pragmatismo

Si Maquiavelo es el arquitecto del poder real, Jesús Huerta de Soto es el sumo sacerdote de una catedral construida íntegramente de abstracciones. Al citarlo en Davos como un faro de sabiduría, Javier Milei no solo abrazó una teoría económica; se sumergió en una doctrina que promete la salvación a través de un conocimiento puro que, curiosamente, se niega a ser contrastado con la realidad. Es necesario descorrer el velo de esta fascinación. Huerta de Soto no es el mapa de un mundo posible, sino el cronista de una utopía que ha preferido el aislamiento académico antes que el riesgo de la implementación.

Mientras el mundo ha evolucionado a la luz del método científico, mediante el ensayo y el error, la Escuela Austríaca y su difusor Huerta de Soto sostienen que, si la teoría no coincide con la realidad, la realidad es la que está equivocada. Presentan una arquitectura perfecta donde no existen las fallas de mercado, las asimetrías de información ni las externalidades ambientales. Es una física sin fricción; elegante en el papel, imposible en la Tierra.

Un modelo que no alcanza para ser incluido como una escuela de pensamiento económico. Se asemeja más un anarcocapitalismo de salón, de inaplicabilidad absoluta, sostenido en un dogma de fe. No existe hoy, ni ha existido nunca, una potencia económica que haya prosperado bajo las estrictas leyes «huerta-de-sotistas». El éxito de Occidente se basó en el pragmatismo, el crédito y, sí, en la intervención estratégica del Estado (el «Estado Desarrollador»). Seguir a Huerta de Soto es como intentar navegar el Atlántico con el mapa de una isla del tesoro imaginaria. El dibujo es hermoso, pero no te salvará del naufragio.

 

*Geólogo y Abogado, Profesor de Pensamiento Económico