El video con la música de Lali Espósito no rompió la alianza con Milei pero terminó con la obediencia
En política, las rupturas importantes rara vez comienzan con una renuncia. A veces empiezan con una canción.
Por Sergio Mammarelli
Patricia Bullrich no abandonó a Javier Milei, no creó un nuevo partido ni anunció una candidatura presidencial. Hizo algo más sutil y, quizá por eso, más peligroso: mostró públicamente que ya no está dispuesta a ser tratada como una subordinada. Eligió para hacerlo la canción de Lali Espósito -«No me importa»-, la artista a la que el presidente convirtió durante años en emblema de la supuesta cultura subsidiada. La escena fue demasiado preparada para ser inocente: despacho, computadora, café, trabajo, música, cámara y una letra que habla de no cambiar, aunque ladren y de vivir sin miedo a ser controlada.
Eso no fue una distracción de las redes. Fue lenguaje político. Y el mensaje no estaba dirigido solamente a Milei. Estaba dirigido a un electorado que acompañó al presidente para impedir el regreso del kirchnerismo, pero que nunca se volvió libertario; a una franja que aceptó el ajuste, aunque no necesariamente la crueldad; que reclamó orden, aunque no autoritarismo; que votó cambio, aunque no demolición institucional. Ese segmento fue decisivo en 2023 y puede volver a serlo en 2027.
La tesis es sencilla: Bullrich todavía no rompió con Milei, pero comenzó a construir el derecho a sobrevivirlo. Desde esta semana, la alianza continúa formalmente y la confianza terminó políticamente. Lo que viene no será, por ahora, una guerra abierta. Será una guerra fría, hecha de gestos, vetos, operaciones, silencios y posicionamientos. Y, como en toda guerra fría, cada actor del sistema empezará a preguntarse con quién conviene hablar antes de que llegue el momento de elegir.
El voto que Milei recibió prestado
Conviene comenzar por el dato duro. En la primera vuelta presidencial de octubre de 2023, Patricia Bullrich obtuvo 6.379.023 votos, el 23,81 por ciento de los sufragios afirmativos. Javier Milei consiguió 8.034.990. En el balotaje, el candidato libertario llegó a 14.554.560 votos y derrotó a Sergio Massa.
No es metodológicamente correcto afirmar que cada votante de Bullrich pasó automáticamente a Milei. Entre una elección y otra también se movieron votos de Juan Schiaretti, hubo cambios en la participación y existieron transferencias cruzadas. Pero la aritmética política es imposible de ignorar: Milei sumó 6,52 millones de votos entre la primera y la segunda vuelta, una cifra casi equivalente al caudal que había acompañado a Bullrich. Sin esa convergencia antikirchnerista, Milei difícilmente habría llegado a la Casa Rosada.
Ese origen contiene una verdad incómoda para el oficialismo. El 55,65 por ciento del balotaje nunca fue completamente libertario. Fue una coalición electoral negativa: un núcleo propio entusiasta, más millones de argentinos que quisieron terminar con el gobierno de Alberto Fernández y evitar una presidencia de Massa. Milei confundió luego ese préstamo con una escritura de propiedad. Gobernó como si todo aquel voto hubiese aceptado no solo el rumbo económico, sino también el método, los agravios, la concentración de las decisiones y el desprecio por los matices republicanos.
Mientras la inflación descendía y el kirchnerismo continuaba funcionando como amenaza, esa confusión podía resultar electoralmente rentable. Pero cuando la economía cotidiana no acompaña las cifras del laboratorio, el préstamo comienza a vencer. El crecimiento de la morosidad, la fragilidad del empleo, el cierre de empresas y la pérdida de poder adquisitivo en sectores específicos no convierten automáticamente a un votante de Milei en kirchnerista. Lo convierten, primero, en un votante disponible.
Allí aparece la avenida del medio. No como una ideología precisa, sino como un estado de ánimo: argentinos que no quieren regresar al pasado, pero tampoco desean firmar un cheque en blanco al presente. El problema histórico de esa avenida es que suele tener tránsito y no conductor.
Una secuencia y no un episodio
El video de Lali solo puede comprenderse si se lo coloca dentro de una secuencia. Bullrich reclamó explicaciones patrimoniales al entonces jefe de Gabinete Manuel Adorni; objetó el retiro de un pliego judicial promovido por el Ejecutivo; tomó distancia de la respuesta presidencial frente a la morosidad; defendió expresamente la libertad de prensa y cuestionó los límites del Poder Ejecutivo. Finalmente, explotó cuando descubrió que el proyecto de Presupuesto 2027 modificaba aspectos sensibles de la ley de emergencia en discapacidad sin que ella, presidenta del bloque oficialista en el Senado e integrante de la mesa política, hubiese sido informada.
Su frase fue brutal porque describió algo más grave que un desacuerdo técnico: «A mí no me tomen de tonta». Bullrich no estaba discutiendo solamente una partida presupuestaria. Estaba denunciando que el Gobierno la utilizaba para negociar en el Congreso sin permitirle conocer lo que realmente iba a defender. Una jefa parlamentaria que se entera por los diarios de una decisión capaz de incendiar la negociación con los aliados deja de ser jefa y se convierte en vocera involuntaria de una estructura que no la respeta.
El video apareció inmediatamente después. Duró más de un minuto, fue producido, editado y publicado con una frase elegida de la canción. Cerca de Bullrich dijeron que buscaba mostrarla activa y llamar la atención. Es posible. También es insuficiente. En política, cuando se elige deliberadamente el símbolo que más irrita al líder propio, la forma es el contenido.
Milei reaccionó con una serenidad poco habitual. Dijo que no veía problema en que Bullrich escuchara a Lali, sostuvo que era una tontería politizar el arte y hasta admitió que había oído canciones de la artista que le gustaron. Fue una respuesta inteligente. Desactivó el escándalo, evitó regalarle a Bullrich el papel de víctima y permitió revisar las partidas cuestionadas sin admitir una derrota personal.
Pero bajar el volumen no elimina el conflicto. Solo impide que se escuche desde afuera. La lógica de poder construida alrededor de Javier y Karina Milei ha demostrado poca tolerancia frente a la autonomía: quien se diferencia suele ser disciplinado, congelado o expulsado. Bullrich, sin embargo, no es un funcionario más. Tiene votos propios, reconocimiento nacional, experiencia, presencia en el Senado y un vínculo histórico con sectores que el mileísmo necesita. Castigarla tiene costo. Tolerarla también.
Patricia no busca irse sino dejar de obedecer
En el entorno de la senadora aseguran que no romperá con Milei. Esa afirmación puede ser sincera y, al mismo tiempo, incompleta. Bullrich no necesita romper hoy. Le conviene permanecer dentro, conservar capacidad institucional, acompañar las medidas que comparte y marcar diferencias en aquellos asuntos que le permiten hablarle a su electorado original.
Su objetivo inmediato parece menos ambicioso que una candidatura y más importante que un cargo: recuperar identidad. Después de integrarse al Gobierno, abandonar la presidencia del PRO y afiliarse a La Libertad Avanza, Bullrich quedó expuesta al riesgo de desaparecer dentro de una marca ajena. Si todo sale bien, el mérito es de Milei. Si todo sale mal, ella carga con el costo de haberlo acompañado.
Diferenciarse es su seguro de vida político. También es una forma de negociación. Bullrich puede buscar participación real en las decisiones, mejores condiciones para las listas de 2027 o la posibilidad de representar el ala republicana del oficialismo.
Pero existe una cuarta hipótesis que nadie debería descartar: que marque límites esperando que el mileísmo haga lo que ella todavía no quiere hacer. Si la expulsan, obtiene un relato. Ya no sería la dirigente que abandonó el Gobierno, sino la aliada leal que fue echada por pedir sensatez, coordinación y sensibilidad.
Por eso la respuesta de Milei fue tan calculada. El presidente comprendió que una pelea abierta podía convertir una canción en acta de nacimiento. Prefirió no firmarla.
Las PASO como campo de batalla
La discusión sobre las PASO puede alterar por completo el tablero. El Gobierno envió en abril de 2026 un proyecto para eliminar las primarias obligatorias y convertir la selección de candidatos en un asunto interno de los partidos. Mientras esa reforma no sea aprobada por ambas cámaras, el régimen nacional continúa vigente.
Ahora bien, la sola existencia de las PASO no le garantiza a Bullrich una competencia presidencial contra Milei. Para disputar dentro del oficialismo debería existir una misma alianza electoral que admitiera ambas candidaturas, o una estructura partidaria capaz de sostener su postulación. La Libertad Avanza controla su marca y el mileísmo no suele abrir aquello que puede ordenar desde arriba. Por eso, si las PASO sobreviven, crean una oportunidad, pero no fabrican por sí solas el vehículo.
Si el Congreso las elimina, la consecuencia tampoco será necesariamente favorable al presidente. Se cerraría el camino para una competencia interna regulada, pero se empujaría a cualquier disidente relevante a construir por fuera. En otras palabras: sin PASO podría haber menos discusión dentro del oficialismo y más fragmentación en la elección general.
La paradoja es notable. El Gobierno quiere suprimir una herramienta que considera costosa e inútil. Bullrich podría terminar convirtiendo esa discusión institucional en la decisión que determine si su futuro está dentro o fuera de La Libertad Avanza.
La avenida del medio existe, pero todavía no es una coalición
Distintos sondeos registran desgaste presidencial. El relevamiento regional atribuido a CB Global Data ubicó a Milei con 35,5 por ciento de imagen positiva y 60,6 por ciento de negativa; otras mediciones recientes lo situaron alrededor del 36,8 por ciento de aprobación. Ninguna encuesta aislada predice una elección que ocurrirá dentro de más de un año. Pero la coincidencia en un nivel de apoyo cercano al tercio muestra que el presidente conserva un núcleo significativo y, al mismo tiempo, ha perdido la comodidad de la mayoría del balotaje.
Ese deterioro abre espacio, aunque no entrega automáticamente el poder. Entre el descontento social y una opción presidencial competitiva existen organización, gobernadores, fiscales, financiamiento, candidatos provinciales, programa económico y conducción. La Argentina está llena de terceros espacios que fueron enormes en las encuestas y diminutos cuando se abrieron las urnas.
Hoy pueden escucharse tonos parecidos en economistas que acompañaron a Juntos por el Cambio, dirigentes del PRO, sectores radicales, gobernadores aliados, peronistas no kirchneristas y figuras externas a la política. Pero compartir una crítica a Milei no equivale a compartir un gobierno. Una foto con todos ellos puede parecer amplitud o zoológico. Para transformarse en alternativa deben acordar tres cuestiones que suelen evitar: qué parte del programa económico conservarían, cómo reconstruirían autoridad sin violencia verbal y quién aceptaría ubicarse detrás de otro.
Bullrich tiene ventajas para encabezar ese mundo. Posee conocimiento público, carácter, credenciales en seguridad y la capacidad de hablarle al votante antikirchnerista sin pedirle perdón por haber votado a Milei. Tiene también debilidades evidentes: carece hoy de una estructura territorial propia comparable con las grandes fuerzas, su trayectoria de cambios de pertenencia puede ser utilizada contra ella y su 23,81 por ciento de 2023 fue un piso importante, pero también un techo que no logró perforar.
La avenida del medio, por lo tanto, no necesita solamente una figura. Necesita una razón para existir que sea algo más que «Milei no» y «Cristina tampoco». Si no construye esa razón, la polarización volverá a tragársela.
Cuatro escenarios hacia 2027
El primer escenario, y hoy el más probable, es la convivencia con autonomía. Bullrich permanece en La Libertad Avanza, vota el núcleo del programa, conserva la presidencia del bloque y se reserva el derecho a objetar excesos. Milei acepta esa heterodoxia porque la necesita para negociar en el Senado y para retener al votante de 2023. Sería una sociedad incómoda, pero funcional. Su límite aparecerá cuando llegue el cierre de candidaturas: allí ya no alcanzarán las canciones ni los comunicados.
El segundo escenario es una competencia interna. Solo será viable si continúan las PASO, si Bullrich consigue reglas que le permitan participar y si la economía mantiene niveles altos de desaprobación.
En ese caso podría presentarse como continuidad del cambio económico con corrección institucional y sensibilidad política. No ofrecería volver atrás, sino bajar la temperatura. Para Milei sería el desafío más peligroso, porque vendría desde el mismo electorado y no desde el kirchnerismo que necesita como antagonista.
El tercer escenario es la ruptura por expulsión o asfixia. Karina Milei puede bloquear candidaturas, vaciar su poder parlamentario o reducirla a una presencia decorativa. Si Bullrich concluye que quedarse significa desaparecer, buscará un vehículo propio o una coalición con gobernadores, radicales, restos del PRO y peronistas moderados. Esa alternativa tendría capacidad para disputar el acceso a una segunda vuelta, pero correría el riesgo de repetir la vieja enfermedad del centro argentino: demasiados generales y ningún ejército.
El cuarto escenario es la reconciliación táctica. Si la economía mejora de manera visible, el empleo se recupera y el Gobierno llega a 2027 con expectativas favorables, Bullrich puede decidir que su mejor futuro es acompañar una reelección y negociar la sucesión para 2031. La política suele llamar convicción a aquello que los resultados vuelven conveniente. En ese caso, el video de Lali quedará como una advertencia exitosa y no como el comienzo de una rebelión.
Existe, por supuesto, un quinto desenlace: que ni Bullrich ni Milei controlen el centro de la escena. Una crisis económica, una fractura del peronismo, la aparición de un gobernador competitivo o un outsider con recursos podría reorganizar toda la oferta. Falta demasiado para clausurar el tablero. Pero ya no falta tanto para que cada dirigente deba elegir casillero.
Lo que habrá que mirar
Las próximas señales no estarán en las declaraciones de amistad. Estarán en los hechos. Habrá que observar si Bullrich participa realmente en las decisiones del Presupuesto, si logra corregir los cambios en Discapacidad, qué posición adopta frente a la eliminación de las PASO, cómo se distribuyen las candidaturas nacionales y provinciales, quiénes comienzan a visitarla y si sus diferencias se concentran en la gestión o avanzan sobre el liderazgo presidencial.
También habrá que mirar a los gobernadores. Son ellos quienes poseen territorio, legisladores y necesidad de construir una salida que no los obligue a elegir eternamente entre el látigo libertario y la restauración kirchnerista. Si empiezan a reconocer en Bullrich una interlocutora, la avenida del medio habrá encontrado una estación. Si solo la elogian mientras negocian individualmente con la Casa Rosada, seguirá siendo una avenida sin destino.
Finalmente, habrá que mirar la economía real. No la planilla del Ministerio ni el festejo de las redes, sino el salario, la deuda familiar, el comercio que abre o cierra y el empleo que se crea o se pierde. Las elecciones de 2027 no se resolverán por una canción. La canción apenas reveló quién empezó a prepararse por si la economía cambia la música.
Una alianza que ya no será igual
Bullrich ayudó a Milei a llegar al poder y luego aceptó formar parte de un gobierno que absorbió buena parte de su identidad política. Durante un tiempo, la sociedad funcionó porque ambos necesitaban lo mismo: derrotar al kirchnerismo, consolidar autoridad y sostener el rumbo económico. Ahora sus intereses comienzan a separarse. Milei necesita obediencia para reelegir. Bullrich necesita autonomía para no desaparecer.
La escena de esta semana no prueba que Patricia sea candidata. Prueba algo anterior: quiere conservar la posibilidad de serlo. Tampoco demuestra que exista una conspiración con gobernadores, economistas o empresarios. Demuestra que, desde ahora, todos ellos tienen motivos para llamarla.
El presidente hizo bien en no reaccionar con furia. Pero su moderación no reconstruyó la confianza. Apenas evitó el incendio. Debajo de las cenizas quedó una pregunta que llegará, tarde o temprano, a cada despacho del oficialismo: ¿qué ocurrirá si Milei deja de ser la única garantía contra el regreso del pasado?
Falta mucho para 2027. En la Argentina, eso significa que falta casi nada. La guerra todavía no comenzó porque ninguno de los dos quiere disparar primero. Pero Patricia ya eligió la música para marchar. Y Milei, por primera vez, decidió fingir que no escuchaba.