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Última actualización: 31/07/2026 18:00:50

De Chubut a Brasil: la sorprendente ruta migratoria de las ballenas jorobadas

De Chubut a Brasil: la sorprendente ruta migratoria de las ballenas jorobadas

Investigadores y «científicos ciudadanos» lograron enlazar los registros del Parque Provincial Patagonia Azul con los avistamientos en las aguas tropicales de San Pablo. El trabajo conjunto permite entender cómo una especie en plena recuperación altera sus hábitos para buscar nuevas áreas de alimentación a lo largo del Atlántico Sudoccidental.

Las grandes migraciones marinas siempre guardaron misterios insondables bajo la superficie. Durante décadas, el recorrido exacto de la ballena jorobada funcionó como un rompecabezas con demasiadas piezas faltantes. Los científicos sabían dónde se alimentaban y dónde nacían sus crías, pero el inmenso trayecto que une los mares helados del sur con las aguas cálidas del trópico permanecía oculto en la inmensidad del océano.

Hoy, una red colaborativa sin fronteras logró enlazar el trabajo de campo que se realiza en el litoral chubutense con el seguimiento diario en las costas brasileñas para desentrañar los detalles de esta travesía monumental.

Lucas Beltramino es biólogo, trabaja en el Parque Provincial Patagonia Azul y es quien sigue de cerca estos movimientos. El investigador explica que las grandes travesías anuales responden a una necesidad biológica estricta, un viaje incesante desde las zonas de alimentación invernales hacia las áreas de reproducción. «Durante todos estos viajes las incógnitas suelen estar en toda el área entre medio, ya que la densidad de ballenas, y por lo tanto la probabilidad de verlas, es menor», detalla el especialista sobre el enorme desafío que implica rastrearlas en alta mar.

Actualmente el calendario marca un momento clave del ciclo. «En esta época del año, las ballenas jorobadas del hemisferio sur se encuentran en las aguas cálidas, en temporada reproductiva, que son las áreas donde copulan y donde también nacen las crías», agrega Beltramino para situar el paradero actual de la población.

La huella digital en el mar y el rol de la costa chubutense

Para seguirle el rastro a estos gigantes oceánicos, los equipos científicos despliegan un abanico tecnológico que varía según la pregunta que necesiten responder. La metodología incluye censos para estimar densidades poblacionales, biopsias para determinar el estado sanitario y marcajes con dispositivos de telemetría.

En enero de este año se colocaron transmisores que permitieron confirmar la permanencia de varios individuos durante al menos un mes en la zona central de Chubut. Ese mismo rastreo satelital documentó la ruta de un ejemplar que viajó directamente hasta las islas Orcadas del Sur para continuar su alimentación en la región antártica.

Sin embargo, la herramienta más poderosa, económica y accesible terminó siendo la fotoidentificación. Esta técnica participativa consiste en fotografiar la cara inferior de la cola, una zona anatómica que funciona como la huella digital inconfundible de cada animal. El biólogo destaca que las jorobadas acostumbran a sacar la aleta caudal del agua con mucha frecuencia y eso facilita enormemente la toma de imágenes.

Al cargar estas fotografías en catálogos internacionales, los investigadores confirmaron conexiones asombrosas que antes resultaban indetectables. «De esta manera, en conjunto, colegas desconocidos en un principio colaboramos para conocer más las áreas de uso de las ballenas y empezar a ver en dónde están y cuándo a lo largo del año», valora Beltramino sobre la sinergia generada.

Hasta hace apenas cinco años, el rol específico del litoral de Chubut en este inmenso corredor biológico era prácticamente desconocido. Hoy los datos demuestran que una gran parte de la población del Atlántico sur occidental utiliza estas aguas durante unos seis meses al año para alimentarse.

Las costas provinciales ofrecen tal nivel de resguardo y recursos que incluso permiten la rotación de tres especies distintas de ballenas a lo largo de todo el calendario. El equipo de Patagonia Azul ya tiene registrados 250 individuos y logró confirmar coincidencias exactas con avistamientos en el Canal de Beagle, la Península Antártica, Orcadas del Sur y el litoral de Brasil.

De los negocios corporativos a la ciencia ciudadana

En el otro extremo de la ruta migratoria, la historia de los registros toma un giro humano fascinante. Julio Cardoso tiene 78 años, es abogado y durante décadas se desempeñó como director ejecutivo de enormes corporaciones alimenticias y químicas en Brasil y Argentina. Tras liderar gigantes de la industria, decidió dejar atrás las salas de reuniones para dedicar todo su tiempo y sus recursos a navegar la región paulista de Ilhabela. Él mismo se define con humor como un «científico ciudadano» que decidió invertir su retiro en su gran pasión por la fotografía y la observación del mar.

Su trabajo de monitoreo comenzó formalmente en 2004 junto a un equipo de voluntarios y biólogos locales. Durante más de una década su lente solo captaba delfines y especies tropicales que residen en la zona, sin ningún rastro de la especie migratoria. El quiebre absoluto ocurrió en mayo de 2016, cuando las jorobadas empezaron a llegar masivamente a las costas de San Pablo y los números crecieron de forma exponencial año tras año. Las cifras de su proyecto grafican un fenómeno sin precedentes. Pasaron de no registrar ninguna jorobada antes de 2015 a contabilizar 836 ejemplares en la última temporada.

Cardoso encontró la respuesta a esta explosión demográfica en los libros de historia y en la biología poblacional. Las costas brasileñas padecieron la caza comercial desde el año 1700, una práctica sistemática que casi exterminó a la especie. «Entendemos que el punto clave es que la población del Atlántico Sudoccidental, que estaba muy reducida por la caza, hoy se recuperó y se estima que son más de 30 mil. De esta forma van a buscar nuevas áreas para alimentación y reproducción», analiza el expresidente corporativo sobre esta recolonización del territorio.

El desafío de proteger a una especie en movimiento

Esta presencia masiva frente a una costa densamente poblada genera un escenario complejo. Organizar la convivencia entre miles de ballenas y una zona marítima por la que circulan más de diecisiete mil embarcaciones comerciales y deportivas representa un reto inmenso para la conservación. El equipo brasileño apostó fuerte por el conocimiento científico empírico y ya lleva publicados más de veinte artículos académicos basados en su catálogo, un archivo vivo que supera las 900 jorobadas identificadas.

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Gracias al cruce constante de bases de datos, lograron establecer diez coincidencias directas con los registros del Golfo San Jorge y Camarones, en Chubut. Comprender por qué estos animales deciden visitar y permanecer en ambas regiones exige mirar la demografía actual de la especie. Cardoso advierte que las jorobadas juveniles hoy son mayoría dentro de una población que crece a un ritmo del 10 por ciento anual. Estos ejemplares más jóvenes tienen una menor capacidad para tolerar migraciones largas sin ingerir alimento, motivo por el cual buscan comida de forma activa y constante tanto en la Patagonia como en el litoral de Brasil.

Para Beltramino, este comportamiento subraya el valor indiscutible de preservar los espacios oceánicos de manera estratégica. «Ahí entra la importancia de las áreas marinas protegidas, porque sin estas áreas muchas de estas cosas no ocurrirían o al menos no al nivel en que ocurren», afirma el biólogo, convencido de que estos sitios funcionan como santuarios irremplazables a lo largo del continente.

El puente de información ya está tendido y promete seguir sumando piezas a este gigantesco rompecabezas oceánico. El cruce de datos permitió entender que la salud del ecosistema en la Patagonia repercute directamente en la vida marina de Brasil y viceversa. «Nuestra colaboración con Lucas y el trabajo de Patagonia Azul nos va a traer mucha información nueva y grandes descubrimientos sobre las jorobadas en los próximos años», augura Cardoso, celebrando una red que borró las fronteras humanas para proteger a los grandes viajeros del mar.

*ACH