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Argentina S.A.: del conurbano industrial al extractivismo impaciente

Argentina S.A.: del conurbano industrial al extractivismo impaciente

Hay algo profundamente fascinante —y peligrosamente ingenuo— en el experimento argentino actual: la convicción de que se puede desarmar un país en tiempo real y volver a armarlo mientras la gente sigue viviendo adentro.

Por Sergio Marcelo Mammarelli*

El modelo histórico argentino —ese híbrido entre la fábrica del conurbano y la renta del campo— ha llegado a su fin. Y no porque alguien haya decidido clausurarlo, sino porque el mundo cambió. La industria fordista murió, la automatización avanzó y la inteligencia artificial terminó de empujar al viejo esquema productivo a una jubilación forzada. Hasta ahí, el diagnóstico.

El problema empieza cuando la solución se parece demasiado a una apuesta.

El fin de un país que funcionaba (más o menos)

Durante más de medio siglo, el Peronismo —con sus múltiples mutaciones— sostuvo un modelo que, con todas sus distorsiones, tenía una lógica: integrar socialmente a través del trabajo industrial financiado por el campo.

No era perfecto. Era inflacionario, corporativo, a veces ineficiente. Pero tenía una virtud central: ordenaba la sociedad. Hoy eso ya no existe.

El conurbano dejó de ser una máquina de producir empleo y se convirtió en una máquina de administrar pobreza. La industria nacional, atrapada entre la competencia global y su propia falta de escala, ya no puede cumplir el rol de absorción masiva de mano de obra. Y el Estado, que antes lubricaba el sistema, ahora está en retirada.

El dato estructural es brutal: un tercio de los argentinos vive en apenas el 0,5% del territorio -el AMBA-. No es un país: es una anomalía geográfica con pretensiones de nación.

Milei y la lógica del reemplazo: menos Estado, más subsuelo

Javier Milei no intenta arreglar ese modelo. Intenta reemplazarlo. Y lo hace con una lógica que, en términos estrictamente económicos, no es absurda:
pasar de un esquema basado en consumo interno e industria protegida a otro sustentado en exportaciones primarias de alto valor: energía, minería y agro.

En otras palabras: de la fábrica al pozo. Del obrero al geólogo y del conurbano a la cordillera.

El nuevo mapa productivo ya está dibujado:

Neuquén y Vaca Muerta como epicentro energético
Río Negro como nodo logístico
San Juan, Catamarca y Jujuy como promesa minera.
El resto del país… bueno, el resto del país queda en veremos.

El gran problema: esto no es Excel, es sociedad

El modelo puede cerrar en una planilla. Pero la Argentina no es una planilla.

Hay tres preguntas que el Gobierno evita responder:

¿Quién absorbe el empleo que desaparece?
¿Cómo se produce la migración desde el conurbano al interior?
¿Cuánto tiempo lleva ese proceso?
Y hay una cuarta, más incómoda aún: ¿Qué pasa mientras tanto?

Porque el petróleo y la minería no son intensivos en mano de obra. No generan millones de empleos. Generan dólares. Y ahí aparece la primera gran contradicción del modelo: puede estabilizar la macroeconomía sin resolver la estructura social. Todo lo contrario que hizo el Peronismo en 70 años.

La Argentina de dos velocidades (y veinte provincias descartables)

El Gobierno parece haber decidido que hay provincias viables… y provincias prescindibles. No es una declaración explícita. Es algo más sofisticado: una omisión sistemática.

Mientras se promueve el RIGI y se seduce al capital extranjero, no hay una política clara para reconvertir las economías regionales. No hay incentivos reales para la relocalización poblacional. No hay infraestructura suficiente. No hay planificación territorial. Hay, en cambio, una lógica implícita:

“Si las provincias no funcionan, que se arreglen solas.” Esto no es federalismo.
Es darwinismo fiscal.

Política sin territorio: el algoritmo como nuevo puntero

En paralelo, ocurre otro fenómeno igual de disruptivo:
la política dejó de ser territorial. Fue reemplazada por “la era de la rabia y el algoritmo”. Dicho de otro modo:

Los partidos tradicionales colapsaron
El Radicalismo se volvió irrelevante
El Peronismo mutó en nostalgia organizada
Hoy, el único actor nacional real es el oficialismo. Y no necesita estructura territorial. Le alcanza con redes sociales.

La consecuencia es profunda: el poder ya no se construye desde el territorio, sino desde la narrativa.

La estabilidad como anestesia

Históricamente, los gobiernos caen por tres razones:

  • Desempleo
  • Aumento de alimentos
  • Aumento del transporte

El Gobierno lo sabe. Y actúa en consecuencia. Tolera la informalidad como válvula de escape
Sostiene la AUH como contención mínima, Administra subsidios clave, y, sobre todo, baja la inflación como bandera política

Esto último es clave. Porque en Argentina la inflación no genera revoluciones. Genera desgaste. Y Milei entendió algo que muchos subestimaron: la estabilidad vale más que el crecimiento en el corto plazo.

El factor tiempo: el verdadero enemigo

Acá está el núcleo del problema. Todo el modelo depende de algo que no se puede decretar: el tiempo.

Tiempo para que lleguen inversiones
Tiempo para que maduren los proyectos
Tiempo para que se generen empleos
Tiempo para que la sociedad se adapte
Pero hay algo que no espera: la paciencia social.

Para ser más crudo: “la apuesta tiene un enemigo difícil de vencer: el tiempo.” Y en política, el tiempo no es lineal. Es electoral.

El antecedente olvidado

Cuando Raúl Alfonsín pensó en trasladar la capital, entendía algo que hoy parece ausente: la geografía importa. No era una locura. Era un intento de redistribuir poder, población y desarrollo.

Hoy el desafío es mucho mayor. No se trata de mover una capital. Se trata de reconfigurar un país entero. Y eso no se logra solo con equilibrio fiscal.

El contexto internacional: cuando el mundo no ayuda

El modelo tampoco juega en cancha propia.

  • Volatilidad del precio del petróleo
  • Tensiones geopolíticas
  • Guerra comercial
  • Capitales más selectivos
  • Incluso la necesidad de apoyo externo —como el guiño de Donald Trump— muestra que la autonomía del proyecto es relativa.

El mundo no está esperando a la Argentina. La Argentina está esperando al mundo.

La paradoja final

Y así llegamos al corazón del dilema:

El modelo puede funcionar… pero no necesariamente para todos. Puede generar dólares. Puede estabilizar precios. Puede ordenar la macro.

Pero al mismo tiempo: puede profundizar desigualdades territoriales, puede dejar millones fuera del sistema productivo, puede fragmentar aún más la estructura social.

Es, en esencia, un modelo eficiente… pero selectivo.

La pregunta que nadie quiere responder

La historia argentina está llena de modelos que funcionaron… hasta que dejaron de funcionar.

El Peronismo construyó uno que duró 70 años. Este nuevo intento todavía no cumplió tres. La diferencia es que antes el problema era cómo sostener un modelo agotado. Hoy el problema es cómo llegar a uno que todavía no existe.

Y entonces queda flotando una pregunta incómoda, casi insolente:

¿Y si el problema no es el modelo… sino la transición?

Porque transformar un país no es solo una cuestión económica. Es, sobre todo, una cuestión de tiempos humanos. Y la Argentina —esa sociedad acostumbrada a sobrevivir a todo— tal vez tolere el ajuste, la incertidumbre y la espera…Pero hay algo que nunca toleró demasiado bien: la sensación de que el futuro siempre está por llegar…y nunca termina de empezar.

 

* Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut